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A lo largo de la historia humana la profecía ha tenido un lugar importante, y este fenómeno no pasa desapercibido en nuestras creencias, de hecho son de mucha relevancia en el judaísmo, el cristianismo y para todas las religiones. La profecía consiste en una enseñanza moral inspirada, la expresión de un mandato o juicio divino o una declaración de lo que ha de venir.

Según el judaísmo y el cristianismo la fuente de toda la profecía verdadera es YHVH, él la transmite por medio de su Espíritu Santo.

En la Biblia los libros proféticos constituyen uno de los bloques más importantes del Antiguo Testamento. Tanto para la iglesia primitiva como hoy en día es de mucho interés. Los Profetas ejercieron un influjo decisivo en la religión israelí; son libros interesantes, pero difíciles para el lector moderno, pues casi siempre estos se expresan en forma poética, de oráculos o apocalípticos.

El mensaje del profeta hace referencia continua a las circunstancias históricas, políticas, económicas, culturales y religiosas de su tiempo. El profeta no es un adivino, sino un hombre llamado por Dios para transmitir su palabra, para orientar a sus contemporáneos e indicarles el camino recto. Su misión principal es Iluminar el presente con todos sus problemas concretos: injusticias sociales, política interior y exterior, corrupción religiosa, desesperanza y escepticismo.

Poco después de la caída de Babilonia, Ciro rey de Persia, firmó un decreto, revirtiendo la política de desarraigar de su hogar a los pueblos conquistados (una práctica de los asirios y de los babilónicos de casi dos siglos). Ciro favoreció al pueblo judío y a otros pueblos cautivos con una proclamación en que se les permitía volver a su tierra natal.

Los judíos vuelven con mucho optimismo y alegría y comenzaron la tremenda tarea de la reconstrucción del país. Erigieron el altar y reconstruyeron el culto de Jerusalén. Pero el optimismo pronto dio paso al desaliento; los pobladores que estaban mezclados, como los samaritanos veían a los judíos como vecinos hostiles y fueron víctima de odios, lo que causo el abandono de la reconstrucción del templo por un tiempo. Es hasta el reinado de Darío (520 a. C.) que los judíos tuvieron las condiciones de renovar sus esfuerzos.

Jerusalén y el Templo son el punto de enlace con la historia de salvación. Zacarías y Ageo son unos de los profetas de la reconstrucción de Israel al retorno del exilio. Con Ageo comienza una nueva era. Antes del destierro, los profetas anuncian el castigo; durante el exilio, los profetas son los consoladores del pueblo. A la vuelta del exilio, los profetas llaman al pueblo a la reconstrucción del templo y de la comunidad de Israel. Ageo es el primero en invitar a los repatriados a reconstruir el Templo: El Templo está en ruinas, su reconstrucción garantizará la presencia de Dios y la prosperidad del pueblo (Ag 1-3). Zacarías anuncia el comienzo de la nueva era de salvación, puesta bajo el signo del Templo reconstruido. De nuevo la tierra es santa en torno al Templo y el pueblo tiene a Dios en medio de ellos.

Ageo y Zacarías dieron mucha importancia a una obra tan exterior como la erección del templo; sin embargo, hay que recordar que en las condiciones de los que "volvían" del destierro babilónico, los judíos tenían necesidad, experimentada sobre todo por las personas más significativas, de encontrar su identidad. Además hay que tener presente que estos "retornados" (sacerdotes y laicos) estaban diversamente compenetrados por el espíritu ritualista del gran profeta Ezequiel y que renunciar a la reconstrucción del templo hubiera sido una bancarrota de la fe y de las esperanzas de los "retornados", aunque las dificultades eran muchas.