Podemos hablar de contaminación cuando en un entorno ingresan elementos o sustancias que normalmente no deberían estar en él y que afectan el equilibrio del ecosistema. Programa dirigido por Carlos y Dorys Matos en Radio Solidaria

En la industria alimenticia se requiere alcanzar ciertos estándares de calidad que protegen la salud del consumidor al presentar un producto apto para el consumo libre de contaminación. Constantemente se escucha en las noticias que algún producto que estaba en el mercado tuvo que ser retirado de su venta porque se descubrió que estaba contaminado.

Las leyes de protección al consumidor obligan a las compañías a retirar el producto porque representan un riesgo para la salud de los consumidores. Basta con encontrar a un solo artículo contaminado se determina que todo el lote está afectado.

En la vida espiritual existe el mismo principio. Después del pecado de Adán y Eva toda la humanidad ha sido contaminada con el pecado (Romanos 5:12). Como nos dice David en su salmo todos “nos hemos corrompido”. No hay hombre que no peque, no hay hombre que literalmente sea libre de pecado.

Aunque no sea perceptible ante nuestra conciencia, nuestros actos pueden estar contaminados con nuestro pecado. Cada frase que diga, cada acto que haga, cada pensamiento que pase por mi mente tiene la posibilidad de ser afectado por el pecado que mora en mí. No necesariamente todo acto nuestro es pecaminoso, pero las posibilidades de pecar presentes, y entre más lejos estemos de Dios nuestra tendencia a pecar se incrementa a causa de nuestra corrupción.

Pablo sabía que había una lucha interna con la cual batallaba constantemente; en su corazón había el profundo deseo de hacer lo bueno, pero el pecado que moraba en él lo llevaba a pecar (Romanos 7:14-23). Entonces, ¿Por qué creemos algunos que no somos malos? Tal vez es porque quisieras creerlo así, pero no lo somos, nadie lo es, “NO HAY NI SIQUIERA UNO”. Pero hay esperanza para el hombre.

Dios entendiendo nuestra maldad nos ofrece, por medio de Cristo, el perdón de nuestros pecados como una gracia (Efesios 1:7). La sangre derramada en la Cruz quitaría la condenación a causa de nuestra maldad para siempre para todo aquel que cree en Jesús (Hebreos 9:24-28).

A parte de la liberación eterna de la consecuencia del pecado del hombre, Dios ofrece a todo aquel que lo busca arrepentido dar perdón de los pecados diarios para aquellos que han aceptado ya a Cristo (1 Juan 1:9). Y yendo más allá, Jesús nos ofrece liberación de la esclavitud del pecado a través de la obediencia a Su Palabra (Juan 8:31-36).

Si bien el pecado ha contaminado al hombre, por medio de Cristo podemos ser librados de esa horrenda contaminación.