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Cuando llegamos a Cristo encontramos lo que necesitábamos. Desde una paz que no conocíamos, pasando por una liberación interior desconocida y concluyendo por una certeza externa que nos potencia al máximo de nuestras posibilidades. Sin embargo, no todo es tan sencillo ni tan inmediato.

Nos volvemos esclavos de aquel que obedecemos, ya sea del pecado para muerte, o de la justicia para vida y paz. Cuando elegimos servir a Dios y tener un sentir para hacer su voluntad, vemos que hay dos fuerzas en nuestra carne mortal.

Por un lado, tengo las riquezas indescriptibles de “la abundancia de la gracia y del don de la justicia”, pero también tengo “otra ley en mis miembros”: mi propia naturaleza pecaminosa. (Romanos 5:17 y Romanos 7:23).