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El pástor de la Iglesia Cuerpo de Cristo Miguel Díez, nos comparte esta reflexión. La prudencia es la virtud que dispone el espíritu a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios para realizarlo. Son, por tanto, actos de la prudencia el juicio sobre cuál es la acción más adecuada para alcanzar el bien, y el mandato para llevarla a cabo.

La prudencia se basa en la memoria del pasado, el conocimiento del presente y, hasta donde al hombre le es posible, en la previsión de las consecuencias de las decisiones. Indica la medida justa de las demás virtudes, entre el exceso y el defecto, entre la exageración y la carencia o la mediocridad.

La prudencia está relacionada con la inteligencia; más aún, radica, según enseña la tradición filosófica, en la razón práctica, es decir, en la razón en cuanto que se orienta y vuelca hacia la praxis, hacia la acción. Pero presupone el deseo y el amor del bien.

Es esto lo que distingue la prudencia de la astucia, y también de esa prudencia de la carne de la que habla san Pablo (cfr. Rm 8, 6): "la de aquellos que tienen inteligencia, pero procuran no utilizarla para descubrir y amar al Señor. La verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación".