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A veces nos cuesta mucho entender que es orar, del mismo modo nos cuesta esforzarnos para acercarnos al Señor. Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse. A veces nos cuesta mucho entender que es orar, del mismo modo nos cuesta esforzarnos para acercarnos al Señor.

El Evangelio de hoy pone en relación la oración y la misión. El ejemplo de Jesús en su manera de afrontar la vida tiene que iluminar nuestro modo de ser y de actuar: Jesús permanece toda la noche en oración. Orar antes de decidir, orar para discernir el plan de Dios, orar en vistas a las grandes decisiones de la vida tanto en el ámbito personal como en el comunitario.

La oración no es un momento separado de la vida, es una actitud previa que nos introduce en la experiencia personal y eclesial. Así debería ser el modo de proceder de toda la Iglesia, primero y siempre la oración. Solo después de recogerse en silencio y orar largamente, se confía la misión.

Este debería ser nuestro modo de proceder, siempre y lo primero orar, así se pone de manifiesto que la misión que se confía no es fruto solo de la sabiduría humana sino del Señor. Jesús no quiere estar solo ni quiere actuar solo. Porque Dios es comunidad de personas. Y Jesús viene a “reunir a los hijos de Dios dispersos”. Por eso, al comienzo de su vida pública, elige un pequeño grupo como signo de la gran familia de los hijos de Dios que Él viene a reunir.

Ya de día, realiza su elección: ahí están los doce. De algunos conocemos más; de otros menos. No son perfectos. Quizá no son tampoco los mejores. Incluso alguno es mal considerado, por su oficio de recaudador de impuestos. Jesús les llama gratuitamente, más allá de sus méritos. Representan a toda la humanidad, con sus luces y sombras. Jesús quiere hacer camino con ellos, para que ese grupo continúe su misión hacia una nueva humanidad, reconciliada en el amor.

En nuestras vidas todo sucede por voluntad de Dios, por voluntad de Aquel a quien nos confiamos precisamente mediante la oración. De nuevo el Evangelio nos interpela a los que vivimos en este mundo de las prisas, donde todo pasa muy rápido y casi no tenemos tiempo para pensar y recapacitar. Sin vida interior, sin silencio prolongado, sin oración, es fácil hacer depender mis decisiones de mis fuerzas y capacidades. La oración evidencia la presencia del Espíritu en nosotros, que ora en nosotros y actúa en nosotros.