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Para ser hombres de integridad necesitas ser ejemplo a los demás en obras, en palabras, en conducta. Pablo lo dice de esta manera en 2 Corintios 2:14-17: “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”. La palabra que la Reina-Valera traduce como falsificar en el texto anterior se usaba para señalar a los buhoneros que, para vender su mercancía, usaban todo tipo de astucia. Tenían fama de tramposos. Pues así son los falsos maestros, dice Pablo. Comercian con la Palabra de Dios; tuercen el mensaje o lo diluyen para hacerlo más potable al oído de los hombres. Pero Pablo no pertenecía a ese grupo. Él se veía a sí mismo como un hombre que hablaba de parte de Dios y delante de Dios. Cuando predicaba el evangelio, su preocupación no era procurar la aprobación de los hombres, porque lo dominaba la mirada escrutadora de Dios (cp. 2 Co. 12:19).

Estamos diciendo entonces que hablamos para la edificación de los hermanos, pero lo hacemos delante de Dios. Podemos predicar ante un auditorio de quince personas o de veinte mil, pero a final de cuentas solo importa la opinión de Uno de los presentes, Uno que puede ver lo que ningún hombre podrá ver jamás, porque su mirada penetra hasta lo más profundo de nuestros corazones: “Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo” (2 Co. 2:17).

La palabra sinceridad parece derivarse de un vocablo que significa “examinar bajo la luz del sol”. Pablo estaba consciente del hecho de que todo su ser era como un libro abierto delante de Dios, y esa conciencia lo movía a ser real y genuino. Cuando un hombre predica con esa conciencia, eso afecta el mensaje y su disposición al entregarlo. ¿Por qué muchos predicadores evitan condenar el pecado abiertamente o evaden hablar del juicio de Dios contra el pecado? ¿Por qué muchos púlpitos no proclaman hoy día la centralidad de Dios y su grandeza, sino que parecen predicar con el propósito de que todo el mundo se sienta bien? Porque no los domina esta perspectiva apostólica. El hombre que predica de parte de Dios y delante de Dios procurará no hacer otra cosa más que transmitir con integridad el mensaje que Él nos ha confiado en su Palabra.