Escuché a una joven madre que explicaba el problema que tenía con sus convicciones, porque las percibía tan frágiles como algunas copas de cristal.

¡Y tenía razón!

Porque sus argumentos eran los mismos que el mundo proclama para que vivamos pendientes de la opinión de los demás, en ser mejor que el prójimo y en cualquier caso, que siempre debo ser yo el más importante.

El desasosiego que me produjo lo que escuchaba, me obligó a pensar sobre el problema y el verdadero fondo de la cuestión.

La joven había acertado en lo de la fragilidad, pero no en el sentido que yo lo interpreté. Al mundo no le importa que haya personas frágiles que se puedan romper.

Al mundo solo le importan los fuertes. En cambio los débiles tenemos el refugio de la Roca en la que nos podemos apoyar en cualquier circunstancia. Porque así, siendo frágiles nos tornamos fuertes.