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La indiferencia no es algo que recibamos del Señor, es una perturbación del enemigo que se aprovecha de nuestras debilidades y también de nuestra negligencia. Si un día me despierto y no tengo deseos de hacer absolutamente nada, me debo preocupar?

O debo escudriñar mi corazón para saber que me está ocurriendo?

Es evidente que si tenemos en nuestro corazón a Jesús, este tipo de situaciones no nos deberían de ocurrir. Pero sin embargo, suceden. La cuestión es tratar de saber, por qué?

Lo primero es examinar nuestra relación con Dios, estamos orando, estamos obrando, como lo que somos, sus hijos?

Quizás ese sea el centro del problema, que nos estamos alejando del Eterno y entonces lentamente vamos perdiendo su Gracia y nos encontramos indefensos ante el menor de los problemas.

La indiferencia no es algo que recibamos del Señor, es una perturbación del enemigo que se aprovecha de nuestras debilidades y también de nuestra negligencia.

Le pido al Creador Sabiduría, para comprender que en esta situación lo único que puedo hacer es arrepentirme por mi iniquidad y volver al mejor lugar posible: A los pies de quién me ha dado la vida.