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Tras siete años de litigio, el Tribunal Supremo de Portugal manda callar a los gallos de una pequeña aldea.

Dijo Mario Benedetti que hay pocas cosas más ensordecedoras como el silencio, pero está claro que el poeta uruguayo nunca vivió cerca de un gallinero, y ciertamente nunca intentó dormir en una habitación con un gallinero a cuatro metros de distancia.

Esa es la situación con la que se encontraron unos vecinos de la aldea portuguesa de Arcos cuando sus vecinos decidieron construir un gallinero en el patio durante el verano de 2012. Durante años han vivido un auténtico infierno, con un gallo y 10 gallinas que pasan cada madrugada cantando a todo lo que da.

Los afectados pidieron que los dueños de las aves las llevasen a otro sitio, y como éstos rehusaron, se vieron obligados a denunciarles y a comenzar un conflicto judicial que ha durado siete años.

En el primer juicio el juez dio razón a los propietarios del gallinero y afirmó que quien vivía en un entorno rural tenía que aceptar los ruidos que hacían los animales domésticos de la zona. Sin embargo, los denunciantes apelaron y en el Tribunal de Apelación otro magistrado concordó con ellos y declaró que el gallo y las gallinas hacían un barullo que imposibilitaba la convivencia.

Ese juez impuso una multa a los dueños de las aves, quienes insistieron en apelar la condena y llevar el pleito al Tribunal Supremo de Portugal. Este mes los magistrados han confirmado la multa de 1.000 euros y han ordenado el traslado del gallinero a un sitio donde no molesten a los vecinos de la zona.