Hazte socio de radio solidaria

“En 50 años podríamos confirmar que la vida en el universo está por todas partes”.

En 2012 la humanidad captó por primera vez luz reflejada por un planeta terrestre fuera del sistema solar. Se llamaba 55 Cancri e y estaba a unos 40 años luz. Una sonda robótica tardaría unos 180.000 años en llegar hasta allí. 55 Cancri está tan cerca de su sol que un año dura apenas 18 horas. La radiación es tan intensa que la roca está completamente fundida y forma un descomunal océano de lava a 1.700 grados.

Las observaciones indican que este mundo es una supertierra con varias veces la masa de nuestro planeta, pero menor que mundos gaseosos como Neptuno. Lo más interesante es que, a juzgar por la lista de 4.100 exoplanetas descubiertos hasta la fecha, estas supertierras son mucho más comunes que planetas como el nuestro. Los raros somos nosotros.

55 Cancri e va a ser uno de los primeros planetas cuyo radio va a ser medido con un detalle sin precedentes por el telescopio espacial europeo Cheops, que acaba de ponerse en órbita. Esta medición podrá aclarar por primera vez si se trata de un planeta verdaderamente rocoso o si por el contrario es gaseoso. Así lo cuenta Didier Queloz (Ginebra, 1966), astrofísico, director científico de la misión europea y ganador del Nobel de Física 2019 junto a su mentor Michel Mayor por descubrir el primer exoplaneta orbitando una estrella como el Sol, en 1995.

Se trataba de un gigante gaseoso parecido a Júpiter pero con altísimas temperaturas debido a la cercanía de su estrella. Al principio también parecía una rareza casi imposible de creer, pero ahora sabemos que estos mundos son abundantísimos en las proximidades del sistema solar.

Todos estos descubrimientos, dice Queloz, son esenciales para comenzar a entender nuestro verdadero lugar dentro del universo y saber qué es necesario para que surja vida en los exoplanetas. Unas horas antes del despegue exitoso del cohete Soyuz que puso en órbita el telescopio Cheops, Queloz explica el largo camino de exploración astronómica que queda por delante antes de encontrar mundos habitados. Eso, advierte, contando con que nuestra civilización no se destruya a sí misma antes.