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La solidaridad, nuestra mejor vacuna contra el coronavirus.

Si fuera una película nos parecería un thriller mediocre. Virus inminente se expande por el planeta de país en país, obligando a gobiernos enteros a encerrar a su población en casa. Creo que hasta me echaría a reír en la escena con todos esos carros de la compra llenos de papel higiénico en la cola de los hipermercados. Malísimo el guionista, murmuraría antes de dejarme abrazar por el sofá en la antesala de mi siesta dominguera.

Salvo que el COVID-19 ya está aquí, y será la palabra nueva más utilizada en 2020. Ya en enero desde toda Europa seguíamos con curiosidad las noticias de Wuhan, pero cuánto se criticaba entonces el morbo mediático y las ganas de subir el volumen de una crisis china que finalmente nos quedaba a todos tan lejos de nuestros dramas pasionales: la consumación del Brexit, la reforma de los presupuestos europeos, los agricultores en guerra o los viajes de Greta. Y de repente, la llegada del coronavirus a Italia nos sacude con una sensación de cercanía que realmente incomoda. Y durante unos días preciosos, el foco de atención se limita a las declaraciones políticas, a las formas y la gestión de la crisis, a la guerra declarativa entre políticos a micrófono partido. Los clichés, siempre listos a diferenciar el norte del sur, para separarles a “ellos” de un “nosotros” siempre mejor preparado.

Ay, estos italianos. Salvo que ya no son los italianos. Ahora son los franceses. Los alemanes. Los belgas, los rumanos, los daneses... somos los españoles, encabezando un veloz ranking macabro. Y el goteo de infectados va salpicando el mapa de Europa con un puntero cada vez más acelerado. Levantamos la mirada del móvil, asombrados, porque las bromas que hacíamos ayer han dejado de tener gracia. Y entendemos todo de golpe.

Resulta que las prisas eran necesarias. Que lo grave no es que yo pille el coronavirus, sino contribuir con ello al contagio frenético de personas vulnerables que acabarán colapsando nuestro sistema sanitario. Nos damos la vuelta y miramos hacia arriba, buscando respuestas. Y cada país busca las suyas.

Cierto: son los gobiernos los que tienen competencia en sanidad pública, no la UE. Pero ninguno puede hacer frente a la crisis del Covid-19 por su cuenta. La naturaleza no respeta gobiernos ni negocia desde la frontera. Se trata de una emergencia de salud pública que afecta a todos los ciudadanos, sociedades y economías europeas.

Estamos juntos en esto. Por eso, en paralelo a las medias urgentes de cada gobierno, desde las Instituciones Europeas hace ya días que se están tomando todas las medidas de posibles para apoyar a sus ciudadanos.

Así, la Comisión adoptó este viernes medidas de urgencia para garantizar el abastecimiento sanitario manteniendo la integridad del mercado único. Anunció además nuevas normas para apoyar a las empresas y personas cuyo empleo e ingresos se vean afectados desproporcionadamente. Y permitió a los Estados Miembros cualquier acción necesaria para actuar con determinación y de forma coordinada, flexibilizando el techo de gasto.

¿Más? 37.000 millones de euros del presupuesto de la UE ya han sido movilizados. Y por supuesto, la UE lleva un tiempo financiando proyectos de investigación en toda Europa para hallar la vacuna contra este virus lo antes posible. Sólo en España, ocho centro de investigación de Cataluña, Madrid y Navarra han sido seleccionados para participar en seis proyectos diferentes que pretenden acorralar al covid-19 y contribuir al tratamiento eficaz de los pacientes.

Como os podéis imaginar, ninguna de estas medidas matará al bicho. Como tampoco los gobiernos detendrán el coronavirus sólo a golpe de decreto. Pero todo ayuda y cada paso será necesario. También el tuyo. Porque una de las medidas más eficaces para la propagación en Europa será evitar la concentración de gente, restringir nuestros movimientos, evitar cualquier riesgo de contagio innecesario. En definitiva, quedarnos en casa. El Parlamento Europeo lleva ya dos semanas ocupado en reducir a lo imprescindible sus actividades en Pleno, cancelando viajes prescindibles, acomodando a su personal a las nuevas rutinas de teletrabajo.

“No nos enfrentábamos a una crisis tan dramática desde la Segunda Guerra Mundial”, lamentaba estos días el Presidente de la Eurocámara, David Sassoli. “Solidaridad es la palabra. Nadie se quedará solo y nadie actuará en solitario”.

Será entonces nuestra responsabilidad individual con la que continuaremos construyendo Europa, haciendo frente juntos a esta nueva emergencia. Yo lo haré por mi hija Clara, que ha estado dos años y medio con tandas de aerosoles y un rosario de visitas a neumólogos en Madrid. Lo haré por mis padres, que aunque estén bien lejos en La Rioja, recibirán seguro la misma solidaridad de vuelta: la vuestra.

Y por ese médico saturadísimo que duerme en una cama plegable en el garaje para no contagiar nada a su familia cuando libra. Tiene 60 años, nombre común y apellido de héroe. En vez de capa usa bata y se bate a pecho descubierto y hasta sin mascarilla cuando está agotada.

Por todos ellos: llegaron los refuerzos. Y somos todos nosotros, cuando nos quedamos en casa.