Hazte socio de radio solidaria

“El último beso lo recibí el 7 de marzo a las 6 y cada día lo añoro”. ¿Vosotros también habéis sentido que estabais viviendo una película? Esta sensación de irrealidad que lo envuelve todo… Cada día camino del hospital en mi coche por las calles vacías de vida, calles desoladas y desiertas, en mi cabeza no podía asimilar que todo aquello estuviese ocurriendo.

Supongo que es la manera que tiene nuestra mente de poder encajar lo inasumible. Hay cosas que no podremos olvidar jamás, que al menos yo no podré... Salir de casa y pensar que puedes contagiarte en cualquier momento, que debes tener cuidado con lo que tocas y que no puedes caer porque te necesitan más que nunca. Entraba a mi vestuario, el cual está cerca del mortuorio, y rezaba por no seguir viendo camillas y camillas agolpadas en la puerta esperando. Me decía a mí misma “por favor que no sea Fulano o Mengano”.

De la noche a la mañana había cambiado nuestra manera de trabajar. El caos lo invadió todo. Cada día había que adaptarse a situaciones desconocidas o a nuevos protocolos. Ya no podíamos entrar a las habitaciones sin un EPI, lo que dificultaba enormemente los cuidados. Era medicina de guerra. Una batalla en la que todos arrimamos el hombro. Hemos aprendido que nos necesitamos unidos, a trabajar más que nunca en equipo.

Ese equipo que me mantuvo viva durante aquellos días, que no me dejó hundirme y en el que compartíamos tantas lágrimas… Ir a trabajar y saber que nos podíamos apoyar las unas a las otras era una razón para seguir adelante, para sacar fuerzas. Un trabajo en el que todos éramos importantes, en el que no faltaba personal dispuesto a ayudar. Hasta recibimos apoyo por parte del conjunto de psicólogos del hospital. Esos 10 minutos de relajación que nos cargaban de energía para esos turnos devastadores.

Cada enfermera de la unidad conocía a todos los pacientes de la planta y debíamos confiar unas en otras para sacarlos adelante. A los pacientes no se les permitía salir de sus habitaciones aunque la mayoría estaban tan mal que no podían ni levantarse de la cama. El saludo habitual cuando ingresaban era: “No puede salir de la habitación, se debe poner la mascarilla cuando entremos y si necesita algo sea paciente, pues debemos vestirnos antes de entrar”. Imaginad qué sensación de encarcelamiento.

Nos sentíamos fatal a sabiendas que debíamos protegernos para poder seguir atendiéndolos. Era muy angustioso ver que los pacientes se ahogaban en cuestión de minutos y no poder correr a atenderlos porque teníamos que equiparnos con el traje completo (bata, doble guante, casco, mascarilla…) mientras el tiempo corría en nuestra contra. Un tiempo que parecía no mover las agujas del reloj para los pacientes, como si todo se hubiese detenido, pero que para nosotros era un auténtico contrarreloj. Muchos me preguntaban si se iban a morir o me afirmaban que sabían que nunca saldrían de aquellas cuatro paredes. Se me partía el alma y sólo podía decirles que íbamos a luchar con todas nuestras fuerzas. Y eso hacíamos, pero el condenado bicho es duro de roer.

Todos los días veíamos a alguien morir o irse a la UCI sin que pudiésemos hacer nada por evitarlo. La familia no podía acudir, salvo en caso de despedida por probable fallecimiento inminente y los veían desde una distancia de dos metros, sin ni siquiera poder tocarlos. Quien ha vivido esto sabe de lo que es capaz este virus, pero también sabe de lo fuertes que podemos llegar a ser si estamos unidos y si somos responsables. Hoy mi unidad ya no es “planta covid”, hoy estoy en casa de baja por coronavirus. Pasando de ver el miedo en los demás a sentirlo en mí, sabiendo lo que puede llegar a pasarme, sabiendo que nadie se me puede acercar.

¿Recordáis la última vez que os dieron un beso? Yo sí, fue un 7 de marzo sobre las 6.00 de la tarde y no hay día que no lo añore. Ahora imaginad estos pacientes. Recuerdo cada uno de sus nombres y lo que más me marcó fue que cuando los tocaba con aquel traje frío y siniestro, ellos me miraban asombrados, agradecidos… Porque ahora más que nunca valoraremos cada caricia, cada abrazo o cada beso.