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Hemos escuchado hablar de la "ley del mínimo esfuerzo", psicológicamente dicen los especialistas en el tema que puede dar resultado, hacer el mínimo esfuerzo, el problema es que en nuestros días este sentir de hacer lo mínimo, se va sembrando y arraigando cada vez más en nuestro diario vivir. Queremos llevar una vida cómoda haciendo esfuerzos mínimos y evitando el sufrimiento a toda costa. Deseamos hacer cosas lo más rápido y fácilmente posible, cosas que antes tomaban tiempo y esfuerzo ahora se pueden conseguir alcanzar de manera rápida.

Recuerdo que el proceso antiguamente para comunicarse con alguien por escrito requería dedicación, buscar el papel adecuado, el sobre, el sello del correo, enviarlo yendo a un buzón o a la oficina de correos, esperar que ésta fuera enviada y volver a esperar un largo proceso para recibir una respuesta. En la actualidad enviamos correos electrónicos, whatsapp y mensajes instantáneos en los que recibimos respuesta casi inmediata y todo el protocolo anterior ha quedado casi fuera de uso, nos estamos acostumbrando a hacer el mínimo esfuerzo.

También hacemos mínimos esfuerzos en la cocina, existen sopas instantáneas, café instantáneo, platos pre-cocinados, todo para usarse inmediatamente, sin requerir más que el esfuerzo de comprarlo, calentarlo y comerlo. Los transportes son más rápidos, los trenes son alta velocidad, desde un teléfono móvil podemos leer un libro, hacer la compra, consultar el tiempo, escuchar música, ver un programa favorito de la televisión y hasta ver a quienes amamos que viven a largas distancias. Y así podríamos dar miles de ejemplos de cómo ha cambiado nuestro entorno en muchos casos para mejorar, pero también va pesando en nuestro corazón el hecho que cada vez nos esforzamos menos, nos incomodamos menos y por lo tanto sufrimos menos.

En el libro de 2 de Samuel 24, si leemos despacio esta historia, David, estaba pasando por una prueba muy grande, Dios había enviado una peste sobre el pueblo de Israel que había costado la vida de setenta mil israelitas, y cuando a estaba punto de destruir Jerusalen el Señor se arrepintió y no permitió que fuera destruida, por esa razón David es mandado a edificar un altar y presentar sacrifico a Dios en señal de acción de gracias por no haber destruido aquella ciudad, y en ese momento ofrecen el lugar, el ganado y todo lo necesario para el sacrificio de manera que David solo tuviera que hacerlo, pero es allí cuando él paga por precio todo lo que le han dado y ofrece al Señor algo que le ha costado diciendo en el verso 24: "No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata."