Un solo Cuerpo, un solo Espíritu… Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos (Ef 4, 1-16).

En Cristo fuimos elegidos desde antes de la creación y, en Él y por Él, hemos sido sellados con el Espíritu de la promesa y la comunidad eclesial se convierte en signo e instrumento de la acción salvadora de Dios en el mundo: la emoción de tener un Dios Salvador y una salvación tan grandes que no tienen nada que ver con nuestros agitados estados de ánimo, sino con nuestra vivencia más íntima con Dios. Por estas y otras tantas razones, quiero proponeros que _juntos nos regocijemos en el Señor siempre: ser cristiano es una dicha, además de una bendición excepcional, que merece ser disfrutada cada día como comunidad eclesial que somos: nuestra alegría se vive en comunión, en la Iglesia y desde la Iglesia. Cuando no es así entristecemos al espíritu y nos rompemos por dentro. • Entristecemos al Espíritu, cuando los creyentes (laicos o clérigos, poco importa) nos creemos propietarios de la comunidad eclesial en lugar de sentirnos propiedad De Dios.