Rebeca Díez nos comparte esta reflexión en este día. Confiar en Dios implica abandonarnos a nosotros mismos, confiados en que Su Bondad y Su Sabiduría nos protege siempre de todo mal y nos conduce hacia nuestro bienestar. Pero esta confianza no puede derrumbarse, ni siquiera tambalearse, mientras enfrentamos alguna tormenta o pareciera que hay alguna conspiración en nuestra contra, pues Él nunca nos abandona y en todo momento tiene el control de cada situación.

“Confiar en Dios es estar totalmente seguro de que uno va a recibir lo que espera. Es estar convencido de que algo existe, aun cuando no se pueda ver. Dios aceptó a nuestros antepasados porque ellos confiaron en él. Y nosotros creemos que Dios creó el universo con una sola orden suya. Lo que ahora vemos fue hecho de cosas que no podían verse”.(Hebreos 11: 1-3)

Como humanos es difícil confiar en alguien a quien no vemos, pero acaso no confías en que al abrir el grifo correrá el agua, o que al subirte a tu vehículo éste encenderá… Si confiamos en nosotros mismos, con nuestras imperfecciones y limitaciones, ¿por qué no confiar entonces plenamente en aquel que creó el mundo y nos trajo a él?

Algunas veces intentamos convencernos a nosotros mismos de tener confianza en Dios, pero si esto fuera cierto no nos preocuparíamos tanto por circunstancias en las que ya no tenemos el control, y sólo necesitamos creer y esperar. En pocas palabras, cómo reaccionamos ante los problemas que afrontamos demuestran la poca o mucha confianza que le tenemos a Dios.

En Hebreos 11, encontramos un amplio listado de todos aquellos que confiaron en Dios: Abel, Henoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés… y algunos quizá no recibieron lo que deseaban, pero fue porque Dios tenía un plan mucho mejor.