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Programa dirigido por Carlos y Dorys Matos en Radio Solidaria.

La búsqueda de la excelencia y el afán de superación personal, constituyen en términos generales valores y características positivas que nos permite avanzar, crecer e innovar en las distintas áreas de la vida.

En general, la mayoría de las personas aceptamos con complacencia “cierto grado de perfeccionismo”. En la actual sociedad, que tanta competitividad genera, el perfeccionismo es considerado una especie de defecto-virtud. Nos resulta difícil criticar a quien invierte un gran esfuerzo por hacer las cosas lo mejor posible.

Sin embargo, cuando se trasforma en una obsesión, el perfeccionismo lejos de ayudarnos a alcanzar las metas y crecer en satisfacción, confianza y seguridad, constituye un obstáculo y una fuente constante de amenaza, miedos, dudas e infelicidad.

La mayoría de nosotros somos conscientes (o sería conveniente serlo) de que la perfección no existe y que esta depende en gran medida de nuestras ideas sobre la perfección y lo perfecto. Perdemos de vista que, en muchas ocasiones, lo bueno… es lo mejor.

Una de las claves para hacer frente al perfeccionismo es la tolerancia a la frustración, aprender a encontrar un equilibrio entre lo bueno y lo mejor.

La baja tolerancia a la frustración genera una incesante autocrítica, en un mecanismo de anticipación a cualquier posible fallo o error.

El perfeccionista o la perfeccionista se mantiene en alerta, “no se deja pasar ni una” no sea que vaya a cometer un error evitable, así, revisa, amplia información, chequea posibilidades y se pierde entre tantos intentos de controlar al máximo las variables que podrían amenazar el mejor de los resultados. Y es aquí, a modo de profecía autocumplida, donde aumenta la probabilidad de cometer errores… ¿Paradójico verdad?

Etimológicamente la palabra perfección deriva del latín «perfectio» y se refiere a la “acción de dejar algo acabado”, reflejando además una cualidad de algo que carece de errores o defectos y por ende reúne el más alto nivel posible de excelencia.

La noción de perfección implícitamente conlleva la búsqueda de ideales en cierto grado utópicos. Manejar esta noción de un modo saludable requiere la habilidad de identificar y determinar cuándo algo está suficientemente bien.

Debemos considerar que el valor de la perfección, es siempre el resultado de una comparación subjetiva de los resultados obtenidos y unos estándares aplicables y posibles. Si esos estándares son inalcanzables o inaplicables en las condiciones en las que estemos juzgando algo, el resultado siempre será insatisfactorio. En este sentido, valorar correctamente el resultado de un trabajo realizado, supone, o bien introducir cierto grado de aceptación de lo imperfecto, o bien ser capaces de establecer un estándar alcanzable.

Esta habilidad para aceptar cierto grado de imperfección es lo que denominamos tolerancia a la frustración, que consiste en hallar satisfacción y reconocimiento en logros que no son “perfectos” pero que han supuesto un esfuerzo y avances en la dirección correcta.

La tolerancia a la frustración es una habilidad esencial para dar continuidad a los esfuerzos, perseverar y superar obstáculos. Es la clave en la motivación positiva y está en la base de lo que llamamos “fuerza de voluntad”, ya que supone afrontar el esfuerzo aceptando y valorando el resultado del mismo, esto genera la autoestima suficiente para seguir esforzándose, mejorando y avanzando.