El amor (Jesús) iba haciendo el bien a todos, sin parcialidad. El amor de (Dios) no se impone a nadie. Aquellos que vienen a Él lo hacen en respuesta del llamamiento de Su amor. El amor (Dios) muestra bondad hacia todos. El amor (Jesús) iba haciendo el bien a todos, sin parcialidad.

“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.” 1 Juan 4:20-21.

Nuestro amor a Dios no es mayor que nuestro amor por nuestros semejantes. El amor de Dios no cambia según las circunstancias. Está firmemente arraigado.

Como humanos tenemos la tendencia de querer que los demás cambien. Sentimos que es difícil amar a alguien así como es, y preferimos que fuera diferente. Esto es una prueba de que estamos más preocupados en nuestra propia felicidad y comodidad que del amor por los demás; buscamos nuestro propio bien.

La verdad es que, en lugar de esperar a que los demás cambien, tenemos que encontrar nuestro propio pecado y purificarlo. El interés propio, la actitud de que soy un “sabelotodo”, la arrogancia, la terquedad, etc… pecados que encuentro cuando estoy con los demás. Si nos purificamos de todas estas cosas entonces podemos llevar carga, creer, esperar y soportar todo por los demás. Los amamos así como son, y podemos orar por ellos con un amor de Dios sincero y cuidar de ellos.