Una de las cosas más llamativas del Salmo 52 es su sobreescrito. Este enmarca al Salmo en una ocasión específica, e identifica a los personajes principales por nombre.

El autor es David fugitivo, y escribe el Salmo cuando se entera que Doeg edomita, líder de los pastores de Saúl, le ha informado al rey que David estuvo en casa de Ahimelec, sacerdote de Jehová.

Saúl estaba persiguiendo a David encarnizadamente para matarle. La ayuda de Ahimelec al fugitivo sería considerada por el rey como una traición. Por tanto, Doeg se apresuró a contarle sabiendo que eso les costaría la vida a los sacerdotes de Nob.

Como podía esperarse, Saúl envió a Doeg a practicar un espantoso genocidio. Toda esta historia puedes leerla en 1 Samuel 21:7 al 22:23.

Pero David escribe el Salmo en el instante cuando se entera que Doeg ha llevado su informe al rey Saúl, y esto es evidente por el énfasis del poema: palabras, engaños, lengua, mentira.

El Salmo, sin embargo, es un “masquil”. Lo que quiere decir que aunque el salmista tiene en mente a Doeg, no se limita a él.

Más bien, se convierte en una figura típica del malvado arrogante que no ha puesto en Dios su confianza, ha amado el dinero, y ha practicado el engaño. Es una especie de modelo de rebeldía contra Dios, que acaba por destruir a sus semejantes.

El malvado será destruido definitivamente (v. 5). Tal es la reacción última de las acciones de los malvados; representados por este personaje del Salmo.

El otro personaje es el justo, tipificado en la figura del orante, perjudicado por las acciones de los malos. Usualmente aparece como un sufriente.

Pero a diferencia del malvado que es desarraigado por completo, el justo aparece como un olivo verde, próspero y seguro en la casa de Dios (v. 8). En esto el Salmo se asemeja al paradigma del Salmo 1. Tras la sentencia divina el malo es destruido para siempre, mientras la vida del justo se prorroga por las edades.

Entonces, ¿de qué trata el Salmo? El último verso del Salmo nos coloca en el contexto de una plegaria. David está orando al Señor, quizás planteándole su preocupación por el caso, y en su meditación aparece el malvado, a quien confronta interpelándolo con la pregunta: “¿Por qué te jactas de tus delitos?”.

El verso 1 explica el desenlace de los eventos: aunque te jactes de tus maldades, te recordaré que el Dios que está allá arriba pondrá a cada quien en el lugar que le corresponde.

Es como un interrogatorio donde el malvado está en el centro de la sala, y David le acusa, proporcionando respuestas a preguntas tácitas del caso. Schokel menciona algunas de ellas: “¿Cuáles son sus amores o preferencias? ¿En qué se gloría? ¿Qué medios emplea? ¿Cuál es su conducta en pensamientos, palabras y acciones? ¿Cuál es su destino?” [728].

David define las acciones y reacciones del caso, tanto en lo que compete a los malvados como a los justos. Y culmina su meditación agradeciendo a Dios y declarando que a pesar de la injusticia, seguirá confiando en su misericordia.

Concerniente a la estructura del texto, en los primeros 5 versículos David confronta “proféticamente” las acciones del malvado con el futuro que le espera. Los versos 6 y 7 describen la respuesta de los justos. Y en los versos 8 y 9 la respuesta de David.