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Salmo 17 – Respáldame oh Dios (86)

Imagen del programa Salmo 17 – Respáldame oh Dios (86) en Radio Solidaria

Salmo 17 Apoyo

Versículos 1-3: Respáldame oh Dios

Bienvenidas a Miradas. En nuestro tranquilo viaje por el libro de los salmos hemos llegado al salmo diecisiete.

El salmo diecisiete es una oración de David, el salmista por excelencia, y en ella nos sitúa delante del trono de Dios, en una oración en la cual pide apoyo en sus circunstancias, es decir a causa de sus enemigos; así que el título general del salmo hemos decidido que sea apoyo o también podría ser oración pidiendo apoyo.

Nos quedaremos hoy nada más que en los primeros tres versículos que hacen el planteamiento inicial del salmo y en él descubrimos que David se presenta delante de Dios con su integridad, con franqueza y humildad, pidiendo el respaldo de Dios en vez de tomarse la justicia por su mano. Y se compromete a mantener su lealtad para con Dios.

En esos primeros tres versículos el salmo dice así:

“Oye, oh Jehová una causa justa; está atento a mi clamor. Escucha mi oración hecha de labios sin engaño. De tu presencia proceda mi vindicación; vean tus ojos la rectitud. Tú has probado mi corazón, me has visitado de noche; me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste; he resuelto que mi boca no haga transgresión”.

No hay duda que en este comienzo de la oración David pide a Dios su respaldo, a causa de su rectitud, y se compromete a seguir siendo leal. Veamos cada parte de esta petición de respaldo. Comienza el salmista diciendo:

“Oye, oh Jehová una causa justa; está atento a mi clamor”. Es decir, atiéndeme porque es de justicia lo que pido. No se trata de un tráfico de influencias, ni de pedir un favor porque es de los suyos. Lo que pide es justo.

Continúa diciendo: “Escucha mi oración hecha de labios sin engaño”.

Es evidente que David sabía muy bien que a Dios no puede colársele una mentira así que acude a su presencia con total sinceridad.

Seguidamente plantea la parte central de esta petición de respaldo, pues dice:

“De tu presencia proceda mi vindicación; vean tus ojos la rectitud”. David no se plantea tomarse la justicia por su mano. Acude a Dios para que sea Él quien lo defienda.

¡Qué excelente actitud!

No se precipita a resolver el caso por su cuenta, aunque tiene razón, sino que espera la intervención de Dios.

Imitemos a David en esto. Y sigue exponiendo la limpieza de su vida porque dice:

“Tú has probado mi corazón, me has visitado de noche; me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste”.

¡Ojalá podamos decirlo, sin orgullo sino con humildad sincera! Seguidamente, se compromete firmemente a mantener su integridad con Dios diciendo: “he resuelto que mi boca no haga transgresión”.

¡Cuánto daño puede hacerse con las palabras!

Pueden ser más duras que las piedras. Pero David habla aquí más bien de no incurrir en falsedades, algo tan común en todas las épocas de la historia.

El salmo diecisiete nos deja una lección importante en este comienzo del mismo.

Como hijos de Dios, nuestras vidas han de ser transparentes, comprometidas con la verdad, y en los conflictos, en las situaciones en las cuales seamos tratados injustamente, dejemos a Dios nuestra defensa.

Que sea Él quien nos respalde. Nunca tomemos la justicia por nuestra mano, Dios lo hará mejor y más justamente.