Salmo 18 – Respaldo (99)

Salmo 18 Testimonio
Versículos 41-45: Respaldo
Bienvenidos a Miradas. Continuamos nuestro paseo por el salmo dieciocho en el cual David da un brillante testimonio de lo que Dios había sido y era para él.
Cuando los salmos que traemos a este programa son breves, los leemos enteros, pero este es muy extenso y por eso iremos poniendo un trocito cada día bajo nuestra Mirada.
Nuestra Mirada de hoy se detendrá en los cinco versículos que val del cuarenta y uno al cuarenta y cinco.
En ellos el salmista reconoce de nuevo el respaldo de Dios en sus luchas, respaldo que incluso somete las voluntades de los enemigos haciendo que le teman antes de verlo aparecer.
En suma, David, repasando sus grandes victorias y su fama, reconoce que todo lo debe al respaldo poderoso de Dios.
Estos cinco versículos, que ocupan nuestra Mirada de hoy, dicen así:
“Clamaron, y no hubo quien salvase; Aun a Jehová, pero no los oyó. Y los molí como polvo delante del viento; Los eché fuera como lodo de las calles. Me has librado de las contiendas del pueblo; Me has hecho cabeza de las naciones; Pueblo que yo no conocía me sirvió. Al oír de mí me obedecieron; Los hijos de extraños se sometieron a mí. Los extraños se debilitaron Y salieron temblando de sus encierros”.
Comenzamos yendo de nuevo al versículo cuarenta y uno en el cual David deja muy claro que Dios le respaldó negando su apoyo a sus enemigos, que ya no les quedaba nadie que les ayudase y, desesperados, recurrieron al Dios en quien no creían, pero ya era tarde, los enemigos del pueblo de Dios son sus enemigos, con Dios no se puede jugar a “hoy no, mañana sí” no funciona.
Este versículo dice:
“Clamaron, y no hubo quien salvase; Aun a Jehová, pero no los oyó”.
El versículo cuarenta y dos describe de nuevo una derrota absoluta, total y definitiva de una manera muy gráfica con dos ilustraciones muy claras, pues dice:
“Y los molí como polvo delante del viento; Los eché fuera como lodo de las calles”.
Después de la victoria los de casa son frenados en sus reivindicaciones que siempre suelen surgir después de una victoria, porque tras la victoria todos quieren anotarse los méritos y la mejor parte del botín, pues dice en la primera parte del versículo cuarenta y tres:
“Me has librado de las contiendas del pueblo”.
El resto del versículo cuarenta y tres y el cuarenta y cuatro reflejan el asombro de David al comprobar como el respaldo de Dios ha doblegado por completo las conciencias de sus enemigos de tal manera que sin buscarlo se ve al frente de un pequeño imperio que Dios le ha dado, y al ver a sus enemigos derrotados comprueba que Dios ya ha doblegado sus voluntades pues se someten voluntariamente por completo pues dice:
“Me has hecho cabeza de las naciones; Pueblo que yo no conocía me sirvió. Al oír de mí me obedecieron Los hijos de extraños se sometieron a mí”.
Y, por último, el versículo cuarenta y cinco añade a la sumisión el miedo cerval de los derrotados que se han quedado sin fuerzas para defenderse y se entregan temblando, pues David dice:
“Los extraños se debilitaron Y salieron temblando de sus encierros”.
¡Qué grandioso es tener el respaldo de Dios! Para Él no hay enemigo grande ni poderoso.
¡Aleluya!