Salmo 22 – Socórreme (128)

Salmo 22 Salmo de David
Versículos 19-21: Socórreme
Bienvenidos a Miradas. En nuestro recorrido por los salmos nos hemos detenido en el salmo veintidós para examinarlo en relación con la obra del Señor Jesucristo, ya que es citado por los cuatro evangelios en el relato de la crucifixión por contener varias frases, que, aunque escritas mil años antes, se cumplen allí al pie de la letra.
El salmo tiene dos partes muy fáciles de ver.
La primera es de sufrimiento inmenso y peticiones angustiosas.
La segunda es de victoria y alabanza, abarcando hechos que aun están en el futuro. Para situarnos en el tema al que dedicaremos nuestra Mirada de hoy, leeremos un trozo de la primera parte del salmo para después centrarnos en los versículos diecinueve al veintiuno.
El fragmento que vamos a leer dice así: “Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; Entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes. Mas tú, Jehová, no te alejes; Fortaleza mía, apresúrate a socorrerme. Libra de la espada mi alma, Del poder del perro mi vida. Sálvame de la boca del león, Y líbrame de los cuernos de los búfalos”.
Dedicaremos nuestra Mirada de hoy al último ruego del salmo veintidós, a partir del cual el salmo cambia de forma espectacular con la plena respuesta al sufrimiento y las intensas peticiones que ya hemos visto en Miradas anteriores.
Esta última petición dice así: “Mas tú, Jehová, no te alejes; Fortaleza mía, apresúrate a socorrerme. Libra de la espada mi alma, Del poder del perro mi vida. Sálvame de la boca del león, Y líbrame de los cuernos de los búfalos”. Jesucristo en la cruz pronunció siete frases, conocidas como las siete palabras de la cruz, y la única que dirigida al Padre expresa su sufrimiento personal es la cuarta, que, en medio de una inquietante y sobrenatural oscuridad de tres horas, conmueve el calvario con un grito desgarrado, diciendo “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?” y que parece tener detrás las palabras que hemos leído hace un momento, porque el sufrimiento llegó al límite.
Entre los espectadores de la cruz se escuchó decir con cruel ironía, “a otros salvó; a sí mismo no se puede salvar”.
Esto era muchísimo más cierto de lo que se podían imaginar los que se burlaban de su sufrimiento.
Era cierto, porque Él no podía salvarse de morir si quería salvarnos a nosotros, y quería hacerlo ya que había venido para eso, para morir en nuestro lugar.
Por esa razón, no hubo compasión para Él, solamente hubo ira y castigo máximo de parte de Dios, porque Él era tu sustituto y mi sustituto, estaba pagando por nosotros. Él sufrió allí de forma infinita como solamente Él podía hacerlo al ser Dios y hombre.
En realidad, nunca seremos capaces de comprender del todo lo que allí ocurrió, pero sabemos algo fundamental: que murió en nuestro lugar y que, gracias a ello, el mensaje del evangelio es de gracia por medio de la fe, ya que en sus mismas palabras “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que toda aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
¿Crees esto? Pues es la gran verdad de Dios para ti.