Salmo 24 – Eterna (142)

Salmo 23 Seguridad
Versículo 23: 6b: Eterna
Hola. Hola. Bienvenidos a Miradas. Hemos llegado ya al final del salmo veintitrés, ese salmo que se cita tantas veces.
Ese salmo que destila seguridad.
Ese salmo que ha acompañado a tantas personas en sus peores momentos.
Ese salmo que muchos han aprendido de memoria porque les consuela repasarlo una y otra vez.
En fin, el salmo más famoso de la Biblia. Como el salmo es muy breve, vamos a leerlo una vez más para disfrutarlo, porque, cada vez que se lee se disfruta y nos emociona, sobre todo si imaginamos al salmista escribiéndolo.
Dice así: “Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, Y en la casa de Jehová moraré por largos días”.
La seguridad, que es la tónica general del salmo, y la intimidad con Dios que el autor confiesa impresionan a todo el que lo lee por primera vez y mucho más a quién lo conoce bien y lo medita una y otra vez.
Hoy dedicaremos nuestra Mirada a las últimas palabras del salmo que mantienen el mensaje de total seguridad, una seguridad que se apoya totalmente en Dios.
Una seguridad que se proyecta más allá de la vida en este mundo y penetra la eternidad.
Una seguridad que solo Dios, el Eterno, el Todopoderoso, puede garantizar. Las últimas palabras del salmo dice así: “Y en la casa de Jehová moraré por largos días”.
Lo que el salmista nos asegura es que después de la muerte física, vivirá días sin fin en la presencia de Dios, en su morada eterna y gloriosa. Vamos por partes, comienza diciendo: “Y en la casa de Jehová moraré”.
Es muy interesante recordar que el Señor Jesucristo, mil años después, poco antes de su muerte, según lo recoge el evangelio de Juan al comienzo de su capítulo catorce, dijo: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros”.
Y el apóstol Pablo, escribiendo a los filipenses, al final del capítulo tercero de su carta dice: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”.
Así que, para el creyente que escribió el salmo, como para el cristiano que ha puesto toda su confianza en Jesucristo, y que le sirve con sinceridad, hay la misma seguridad.
La eternidad de vida plena en la misma morada gloriosa de Dios. Y esta seguridad no está basada en imaginaciones humanas sino en las firmas e inamovibles promesas de Dios.
¿Tienes tú esta seguridad?
Los brazos de Cristo está abiertos esperándote.