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Salmo 28 – Sepárame del mal (167)

Imagen del programa Salmo 28 – Sepárame del mal (167) en Radio Solidaria

Salmo 28 Oración respondida

Versículos 2-3: Sepárame del mal

Bienvenidos a Miradas. Nuestro recorrido por los salmos nos ha traído hasta el salmo veintiocho, otro de los salmos escrito por David.

Este breve salmo es un ruego que tiene amplia respuesta de parte de Dios.

También tiene una apasionada denuncia de los malvados requiriendo el castigo de Dios sobre ellos.

Lo hemos titulado Oración contestada y antes de comentar, como hacemos cada día, una parte del salmo, lo leeremos completo ya que siendo breve nos permite tenerlo siempre delante en su totalidad.

El salmo veintiocho dice así:

“A ti clamaré, oh Jehová. Roca mía, no te desentiendas de mí, Para que no sea yo, dejándome tú, Semejante a los que descienden al sepulcro. Oye la voz de mis ruegos cuando clamo a ti, Cuando alzo mis manos hacia tu santo templo. No me arrebates juntamente con los malos, Y con los que hacen iniquidad, Los cuales hablan paz con sus prójimos, Pero la maldad está en su corazón. Dales conforme a su obra, y conforme a la perversidad de sus hechos; Dales su merecido conforme a la obra de sus manos. Por cuanto no atendieron a los hechos de Jehová, Ni a la obra de sus manos, El los derribará, y no los edificará. Bendito sea Jehová, Que oyó la voz de mis ruegos. Jehová es mi fortaleza y mi escudo; En él confió mi corazón, y fui ayudado, Por lo que se gozó mi corazón, Y con mi cántico le alabaré. Jehová es la fortaleza de su pueblo, Y el refugio salvador de su ungido. Salva a tu pueblo, y bendice a tu heredad; Y pastoréales y susténtales para siempre”.

Después de leerlo estamos en mejor sintonía para detener nuestra Mirada en los versículos dos y tres del salmo que son el final del ruego inicial del salmista, pues dicen así:

“Oye la voz de mis ruegos cuando clamo a ti, Cuando alzo mis manos hacia tu santo templo. No me arrebates juntamente con los malos, Y con los que hacen iniquidad, Los cuales hablan paz con sus prójimos, Pero la maldad está en su corazón”.

El salmista vuelve a afirmar su dependencia de Dios, como debe hacer todo el que ora sinceramente, y de nuevo delimita su posición de separación para Dios al pedir ser preservado del castigo de los malos a los que describe como falsos.

El ruego del salmista nos recuerda algo muy importante a los cristianos: nuestra separación del mal y por lo tanto de las actividades que lo promueven o ejercen.

No se trata de salir del mundo sino de vivir en el mundo sin contaminarse con su maldad y para conseguirlo, necesitamos, como el salmista, depender del poder y la misericordia de Dios.

En nosotros no hay fuerzas suficientes sin su ayuda.

Cuando en la Escritura se nos llama a los creyentes “santos”, solemos relacionarlo con nuestra posición delante de Dios, que nos ve como santos por la mediación de Jesucristo; pero no siempre entendemos que esto significa también una separación práctica para Dios en la vida diaria, tanto en la relación con Él como con nuestros semejantes.

Estar separado para Dios incluye reconocerle y depender de Él, sin alinearse con las ideologías de este mundo.

Dependamos de Dios cada día sin fiarnos de nuestras fuerzas sino de las suyas, busquemos su ayuda.

(por Daniel Valuja)