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Salmo 32 – Confesión sanadora (192)

Imagen del programa Salmo 32 – Confesión sanadora (192) en Radio Solidaria

Salmo 32 Confesión y Perdón

Versículos 3-5: Confesión sanadora

Continuamos nuestro recorrido por el salmo treinta y dos, iniciado en el programa anterior.

Aprovechando la brevedad de este salmo, escrito por David, lo leeremos completo cada día en que comentemos parte del mismo.

El salmo treinta y dos dice así: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; Con cánticos de liberación me rodearás. Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, Que han de ser sujetados con cabestro y con freno, Porque si no, no se acercan a ti. Muchos dolores habrá para el impío; Mas al que espera en Jehová, le rodea la misericordia. Alegraos en Jehová y gozaos, justos; Y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón”.

Hoy comentaremos los versículos tres al cinco de este salmo treinta y dos y que son el corazón del mismo, pues cuentan, en pocas pero vibrantes palabras, la experiencia del salmista que da lugar a este salmo.

Estos versículos dicen así: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado”.

La terrible carga de no reconocer el pecado amargó la vida del salmista mientras no lo confesó. Repasemos su palabras, pues dice:

“Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano”.

El peso de la culpa no le dejaba descansar, ni de día ni de noche, produciendo efectos físicos visibles y dolorosos.

Era una tortura continua. Hasta que, por fin, el salmista no lo soporta más y confiesa delante de Dios.

Recordemos como lo dice: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová”.

Dios ya lo sabía, pero la confesión es el reconocimiento personal de haberle ofendido sabiendo que no se puede hacer nada, absolutamente nada, para dar a Dios una satisfacción suficiente. Pero, ¡oh maravilla!: Dios perdona al pecador que reconoce su pecado, pues el salmista dice seguidamente:

“Y tú perdonaste la maldad de mi pecado”. ¡Al fin el descanso de saberse perdonado!

¿Has reconocido tus pecados e implorado el perdón de Dios? Él no ha cambiado, está dispuesto a perdonarte.

No lo dejes para mañana.