Salmo 35 – Juzga la injusticia (207)

Salmo 35 Defiéndeme
Versículos 8-12: Juzga la injusticia
Bienvenidos a Miradas. Nuestro viaje diario por el libro de los salmos nos está permitiendo ir fijando nuestra Mirada en estas joyas de la poesía que describen la relación del creyente con Dios.
Hemos llegado ya al salmo treinta y cinco, uno de los que escribió David, y en el cual refleja que está pasando por una situación muy difícil, por lo que pide intensamente a Dios que le defienda y acabe con sus enemigos.
Hoy, avanzando en el contenido de esta oración, daremos lectura a los versículos ocho al doce del salmo treinta y cinco, en los cuales nos introduce en el conocimiento de la salvación de Dios en medio de los ataques traicioneros de sus enemigos, leamos, pues, estos versículos, que, seguidamente, comentaremos brevemente.
Los versículos ocho al doce del salmo treinta y cinco dicen así:
“Véngale el quebrantamiento sin que lo sepa, Y la red que él escondió lo prenda; Con quebrantamiento caiga en ella. Entonces mi alma se alegrará en Jehová; Se regocijará en su salvación. Todos mis huesos dirán: Jehová, ¿quién como tú, Que libras al afligido del más fuerte que él, Y al pobre y menesteroso del que le despoja? Se levantan testigos malvados; De lo que no sé me preguntan; Me devuelven mal por bien, Para afligir a mi alma”.
Comenzamos poniendo nuestra Mirada sobre el versículo ocho, que dice así:
“Véngale el quebrantamiento sin que lo sepa, Y la red que él escondió lo prenda; Con quebrantamiento caiga en ella”.
El salmista sigue poniendo su reivindicación en las manos de Dios pues esto es algo así como pedir que se tomen su propia medicina y que sea Dios quien aplique el correctivo.
Seguidamente, previendo que esto sucederá, el salmista nos cuenta como será su reacción con las siguientes palabras que tenemos en el versículo nueve:
“Entonces mi alma se alegrará en Jehová; Se regocijará en su salvación”.
Fijémonos que se alegra en la salvación obrada por Dios, es decir, pone la gloria de Dios delante de su propia satisfacción personal.
Ese sentir lo amplía en el versículo diez diciendo:
“Todos mis huesos dirán: Jehová, ¿quién como tú, Que libras al afligido del más fuerte que él, Y al pobre y menesteroso del que le despoja?”.
Sigamos fijándonos en como el salmista pone a Dios delante de si mismo.
No dice: ¡Que bueno soy, por eso Dios me ha salvado! Sino, mi Dios Salvador es único y ayuda a los necesitados que recurren a Él.
Su alegría integral, que incluye todo su organismo, tiene a Dios como motivador y así lo reconoce.
En los dos últimos versículos de este salmo treinta y cinco que veremos hoy, los versículos once y doce, el salmista inicia de nuevo la descripción de la maldad de sus enemigos, que no se comportan justamente con él, pues dice:
“Se levantan testigos malvados; De lo que no sé me preguntan; Me devuelven mal por bien, Para afligir a mi alma”.
¡Qué importante es que los enemigos lo sean sin razón alguna!
Somos llamados a dar bien por mal y encomendar al Señor nuestra defensa, como hace David en este salmo treinta y cinco.
No porque sea fácil, sino, porque es lo que nuestro Dios quiere de nosotros, tomemos nota.