Salmo 38 – Piedad te ruego (226)

Salmo 38: Versículos 1-3: Piedad te ruego
Bienvenidos a Miradas. Nuestro diario periplo por el libro de los salmos ha llegado ya al salmo treinta y ocho.
Este salmo treinta y ocho es otro de los que escribió David, y, como es típico de él, nos abre su corazón para mostrarnos todas sus emociones en su relación con Dios en todas las circunstancias.
En este caso nos confiesa su intenso dolor a causa de una enfermedad que le da un aspecto muy desagradable, y que, está seguro, es un castigo de Dios.
Con todo, en una situación casi desesperada, David sigue confiando en Dios y, por lo tanto, buscando su ayuda en tan gran necesidad.
Como hacemos habitualmente, iremos viendo cada día un trozo del salmo para meditar con calma en su contenido.
Hoy nos detendremos en sus primeros tres versículos que, en cierta manera, resumen el contenido del salmo.
Los tres primeros versículos del salmo treinta y ocho dicen así:
“Jehová, no me reprendas en tu furor, Ni me castigues en tu ira. Porque tus saetas cayeron sobre mí, Y sobre mí ha descendido tu mano. Nada hay sano en mi carne, a causa de tu ira; Ni hay paz en mis huesos, a causa de mi pecado”.
Ahora, después de leerlos, lo primero que hemos percibido es que el salmista se siente castigado por Dios a causa de su pecado y pide clemencia. Vamos a ir viendo lo que dice David en estos primeros versículos del salmo treinta y ocho.
“Jehová, no me reprendas en tu furor, Ni me castigues en tu ira”.
Las primeras palabras son inconfundibles, pues dejan muy claro que Dios está muy enfadado con David, ya que el empleo de los términos ··furor” e “ira” lo dejan clarísimo.
El Señor está muy enfadado con su siervo, y al parecer, hay razón para ello, pues el salmista dice “no me reprendas, Ni me castigues”, es decir, algo así como, ya sé que me lo merezco, pero, por favor, para ya. Generalmente nos cuesta admitir el castigo de Dios sobre sus hijos, los creyentes, pero, eso es lo que dice el salmo.
Sigamos. Continúa diciendo; “Porque tus saetas cayeron sobre mí, Y sobre mí ha descendido tu mano”. Vamos, que lo tiene bien claro, es Dios quién le tiene como blanco de su ira, no ha lugar a equivocación. Pero aun agrega más información, pues sigue diciendo:
“Nada hay sano en mi carne, a causa de tu ira”.
Es decir, en este caso el castigo divino afecta a su cuerpo con algún tipo de enfermedad, muy desagradable a la vista, o sea, visible, y, por lo tanto, en su piel.
Lo sorprendente es que, con todo, el pide ayuda a Dios que le está castigando.
En el libro de Job, capítulo cinco, hay unas palabras de uno de sus amigos, que en vez de consolarle le acusaban de pecados que él no había cometido, que nos pueden dar luz sobre este asunto, pues dice en el versículo diecisiete
“He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; Por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso”, porque el salmista dice, a continuación: “Ni hay paz en mis huesos, a causa de mi pecado”.
Este es un reconocimiento franco de su pecado y, por lo tanto, de merecer, el castigo.
¡Qué importante es reconocer las faltas propias!
Sobre todo delante de Dios, en sincera confesión a Él, porque Él es el ofendido y el único que puede perdonar.