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Salmo 39 – El gran refugio (234)

Salmo 39 Versículos 7-10: El gran refugio
Bienvenidos a Miradas. Como cada día, nos encontramos durante unos breves minutos con el libro de los salmos ya que nos hemos propuesto irlos recorriendo todos ellos, poco a poco, para descubrir algunos de los magníficos tesoros que encierran.
No solo lo hacemos porque los salmos son la lectura favorita de los que leen la Biblia, ni tampoco porque el libro de los salmos es el más extenso de toda la Biblia, sino porque a este libro se le da mucha importancia en la Biblia, concretamente, es el libro del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo Testamento con casi una tercera parte de las citas, que es muchísimo teniendo en cuenta que el Antiguo Testamento tiene treinta y nueve libros.
Bien, pues en nuestro recorrido por el libro de los salmos hemos llegado hasta el salmo treinta y nueve que ya estamos terminando.
Leeremos los versículos siete al diez y después los comentaremos con detalle.
Los versículos siete al diez del salmo treinta y nueve dicen así:
“Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti.
Líbrame de todas mis transgresiones; No me pongas por escarnio del insensato. Enmudecí, no abrí mi boca, Porque tú lo hiciste. Quita de sobre mí tu plaga; Estoy consumido bajo los golpes de tu mano”.
Después de leer estos versículos vamos a repasar cada frase para encontrarnos con los sentimientos del salmista asomándonos a su corazón.
Después de reconocer que delante de Dios todo lo es y tiene en vacío, se vuelve a Dios afirmando, en primer lugar que en este mundo no tiene apoyo ninguno y que solo puede apoyarse en Dios porque en Él tiene su futuro, lo dice así:
“Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti”.
Es decir, aquí no hay esperanza para mí, solamente te tengo a ti, esa es una afirmación rotunda y segura. ¡Qué importante es tener la seguridad en Dios!
Porque Él si es seguro y permanente, es eterno, luego es la esperanza auténtica. A continuación pide perdón por sus pecados, por todos sus pecados, o sea, perdón completo, pues dice: “Líbrame de todas mis transgresiones”.
En realidad, solo Dios puede perdonar, porque solamente Él es el ofendido.
La petición siguiente del salmista tiene en cuenta el testimonio ante los incrédulos, pues pide: “No me pongas por escarnio del insensato”. Es decir, que los impíos no se burlen de uno de tus hijos. Pues ellos dirían, mirad, tanto decir que confía en Dios, y mira como le trata Dios. Pero no hay protestas por el duro castigo, pues añade:
“Enmudecí, no abrí mi boca, Porque tú lo hiciste”. Reconoce pues su culpa y el justo castigo de forma sencilla y humilde. Seguidamente, hace otra petición, diciendo:
“Quita de sobre mí tu plaga; Estoy consumido bajo los golpes de tu mano”.
Esto es como decir, Señor ya no soporto más, el castigo es muy duro.
Si nos hemos fijado, a lo largo del salmo, el salmista se queja, se lamenta, pero nunca contra Dios, sino de su enfermedad, de su dolor, de su insignificancia, y de la brevedad de su vida.
Pero confía en Dios, pide perdón a Dios y pide socorro a Dios.
Magnífico ejemplo para nosotros.