Radio Solidaria
EN DIRECTO

Salmo 44 – Memoria de salvación (256)

Imagen del programa Salmo 44 – Memoria de salvación (256) en Radio Solidaria

Salmo 44 Versículos 1-3: Memoria de salvación

Bienvenidos a Miradas. Nuestro paseo por el libro de los salmos, tranquilo pero continuado, nos ha llevado ya hasta el salmo cuarenta y cuatro.

Como este salmo es medianamente largo, estudiaremos cada día unos pocos versículos, manteniendo nuestro propósito de no dejarnos atrás ni un versículo del libro de los salmos.

El salmo cuarenta y cuatro presenta un contraste muy notable, pues, comienza recordando las victorias que Dios ha dado a su pueblo en el pasado y, seguidamente, un tiempo de derrotas, inexplicable, porque siguen siendo fieles.

Termina el salmo con un intenso ruego. Hoy detendremos nuestra Mirada en los versículos uno al tres de este salmo cuarenta y cuatro que dicen así:

“Oh Dios, con nuestros oídos hemos oído, nuestros padres nos han contado, La obra que hiciste en sus días, en los tiempos antiguos. Tú con tu mano echaste las naciones, y los plantaste a ellos; Afligiste a los pueblos, y los arrojaste. Porque no se apoderaron de la tierra por su espada, Ni su brazo los libró; Sino tu diestra, y tu brazo, y la luz de tu rostro, Porque te complaciste en ellos”.

La historia pasada, con sus triunfos, obrados todos ellos por Dios, se había transmitido de generación en generación. Vamos ahora a repasar cada frase de estos tres primeros versículos del salmo cuarenta y cuatro.

La primera frase se refiere a la tradición oral en el pueblo de Dios, los relatos del pasado que se transmitieron de padres a hijos, pues dice:

“Oh Dios, con nuestros oídos hemos oído, nuestros padres nos han contado”.

Lo más importante es que en esos recuerdos era Dios el protagonista, el gran héroe del pueblo, pues añade:

“La obra que hiciste en sus días, en los tiempos antiguos”. No se había deformado la historia atribuyendo a los hombres las obras de Dios. Refiriéndose a la conquista de la tierra prometida sigue señalando a Dios como el verdadero conquistador, pues especifica:

“Tú con tu mano echaste las naciones, y los plantaste a ellos; Afligiste a los pueblos, y los arrojaste”.

No queda ninguna duda, el que conquistó fue Dios. Pero el salmista aun subraya más este aspecto tan importante de la conquista con tres frases más, primero dice:

“Porque no se apoderaron de la tierra por su espada, Ni su brazo los libró”.

Es decir, no fue su talento militar ni tampoco su poderío lo que les dio la victoria, y no han modificado la historia, como tantas veces ocurre, para alabarse a si mismos.

Aun añade algo más para clarificar este asunto, en otra frase que completa la anterior, diciendo:

“Sino tu diestra, y tu brazo, y la luz de tu rostro”.

Esto quiere recalcar que fue el poder de Dios, y algo más, pues cuando se refiere a la luz de su rostro quiere decir que para los enemigos fue muy evidente la presencia de Dios luchando a favor de su pueblo. Pero, ahora viene lo más sorprendente, pues el salmista va a explicarnos la razón por la cual Dios les dio la victoria en el pasado, y lo resume en una frase muy breve, diciendo: “Porque te complaciste en ellos”.

Esa complacencia no era por las cualidades que tenían, sino por el amor y fidelidad de Dios para con ellos. Sigue siendo así.