Salmo 50 – No me compres (283)

Bienvenidos a Miradas. Cada día avanzamos un poquito a través del libro de los salmos, sin dejarnos ninguno atrás, eso nos ha permitido llegar hasta el salmo cincuenta.
Este salmo convoca a todos los moradores de la tierra para ser testigos de una audiencia pública contra el pueblo de Dios que o bien ha caído en la rutina y hace del culto una costumbre sin espíritu, o se ha sumado a las costumbres del mundo.
A los primeros les exhorta a llevar a cabo una adoración auténtica, y a los segundos les llama al arrepentimiento.
Vamos a leer los versículos siete al trece del salmo para poner en ellos nuestra Mirada de hoy.
Los versículos siete al trece del salmo cincuenta dicen así:
“Oye, pueblo mío, y hablaré; Escucha, Israel, y testificaré contra ti: Yo soy Dios, el Dios tuyo. No te reprenderé por tus sacrificios, Ni por tus holocaustos, que están continuamente delante de mí. No tomaré de tu casa becerros, Ni machos cabríos de tus apriscos. Porque mía es toda bestia del bosque, Y los millares de animales en los collados. Conozco a todas las aves de los montes, Y todo lo que se mueve en los campos me pertenece. Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; Porque mío es el mundo y su plenitud. ¿He de comer yo carne de toros, O de beber sangre de machos cabríos?”.
Después de leer estos siete versículos del salmo cincuenta, vamos a examinarlos frase por frase, recordando antes, que el salmo comienza con una solemne convocatoria de audiencia púbica, para que Dios juzgue a su pueblo en presencia de todo el universo.
Ahora Dios pide atención, a los que van a ser juzgados, diciendo:
“Oye, pueblo mío, y hablaré”. Anticipa ahora la acusación cuando dice: “Escucha, Israel, y testificaré contra ti”.
Seguidamente enfatiza algo muy básico, antes de seguir adelante, algo que tiene que estar muy claro en su pueblo, pues les dice:
“Yo soy Dios, el Dios tuyo”. Con lo cual quiere decir, yo soy el único Dios y, además, soy tu Dios, o sea, me perteneces. Seguidamente se refiere al culto que le ofrecían, dando a entender que estaba bien, que no era malo, diciendo:
“No te reprenderé por tus sacrificios, Ni por tus holocaustos, que están continuamente delante de mí”.
Pero, seguidamente, dice algo sorprendente, que aunque es de sentido común llama la atención, pues les dice:
“No tomaré de tu casa becerros, Ni machos cabríos de tus apriscos. Porque mía es toda bestia del bosque, Y los millares de animales en los collados. Conozco a todas las aves de los montes, Y todo lo que se mueve en los campos me pertenece.”
O sea, cuando sacrificas no me das nada, porque todo es mío. No estás comprendo mi favor ofreciéndome algo que ya me pertenece, y aun añade algo más para dejar esto muy claro, pues les dice:
“Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; Porque mío es el mundo y su plenitud. ¿He de comer yo carne de toros, O de beber sangre de machos cabríos?”.
Esto es poner las cosas en su sitio. No podemos dar a Dios nada, porque todo es suyo.
La finalidad de los sacrificios era comprender la santidad de Dios y la gravedad del pecado.
La finalidad del culto, de entrada, o en primer lugar, es la misma.