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Samo 50 – Hora de arrepentirse (285)

Imagen del programa Samo 50 – Hora de arrepentirse (285) en Radio Solidaria

Bienvenidos a Miradas. Cada día transitamos un ratito por el libro de los salmos y de esta forma ya hemos llegado al final del salmo cincuenta.

Este salmo nos lleva a reflexionar en la relación personal y comunitaria con Dios, porque denuncia la rutina en el culto y el contagio de las costumbres mundanas en el pueblo de Dios, haciendo un serio llamamiento a ser auténticos en la adoración y santos en la conducta.

Hoy leeremos los versículos diecinueve al veintitrés de este salmo cincuenta que dicen así:

“Tu boca metías en mal, Y tu lengua componía engaño. Tomabas asiento, y hablabas contra tu hermano; Contra el hijo de tu madre ponías infamia. Estas cosas hiciste, y yo he callado; Pensabas que de cierto sería yo como tú; Pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos. Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, No sea que os despedace, y no haya quien os libre. El que sacrifica alabanza me honrará; Y al que ordenare su camino, Le mostraré la salvación de Dios”.

Después de leer estos cinco últimos versículos del salmo cincuenta en los cuales concluye la acusación contra los que siendo del pueblo de Dios se portaban como si no lo fuesen, y se les hace una advertencia muy seria y un llamamiento al arrepentimiento, vamos a examinarlos frase por frase.

Les hace tres acusaciones relacionadas con la maledicencia, la primera es la mentira, algo indigno de un miembro del pueblo de Dios, pues dice:

“Tu boca metías en mal, Y tu lengua componía engaño”.

Esto es algo así como decir, disfrutabas mintiendo como si fuese un arte valioso. La verdad y cualquier mentira están reñidas.

La segunda es aun más grave, pues se refiere a la maledicencia meditada, es decir, con premeditación contra el prójimo, al que aquí llama hermano, pues acusa diciendo: “Tomabas asiento, y hablabas contra tu hermano”.

Esto de tomabas asiento puede entenderse como planear la difamación, y el hermano generalmente se refiere al prójimo al que debía amar.

En tercer lugar, ahonda aun más y el término hermano lo aplica al parentesco en la carne pues dice. “Contra el hijo de tu madre ponías infamia”.

A renglón seguido, les dice que no es que lo pasara por alto, sino que ahora serían declaradas a la luz de todos, pues dice:

“Estas cosas hiciste, y yo he callado; Pensabas que de cierto sería yo como tú; Pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos”.

Las acusaciones ya estaban hechas, ahora viene una advertencia terrible, pues dice:

“Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, No sea que os despedace, y no haya quien os libre”.

O sea, daros cuenta con claridad, reaccionad, porque sino no habrá remedio. Y termina el salmo con las recomendaciones para los que se tomaban el culto como una rutina diciéndoles:

“El que sacrifica alabanza me honrará”. Es decir, el que se da cuenta de la verdadera finalidad del culto, lo dará como Dios quiere. Y, a los que no hacían caso de la Palabra de Dios, les dice: “Y al que ordenare su camino, Le mostraré la salvación de Dios”.

Dicho de otra manera, a quien se arrepienta le recibiré con los brazos abiertos. Tomemos a Dios en serio.