Salmo 51 – Renuévame (288)

Bienvenidos a Miradas. Seguimos manteniendo nuestra ruta a través del libro de los salmos, sin dejar ninguno atrás, y ya estamos recorriendo el salmo cincuenta y uno, que es uno de los más conocidos.
Este salmo es una confesión, arrepentimiento y petición de perdón, por parte de David, que había cometido un gravísimo pecado, pues había adulterado con la esposa de uno de sus mejores soldados, mientras este estaba en la guerra, y después, para taparlo, ordena a su general en jefe que lo ponga en un puesto mortal de necesidad y allí murió valientemente defendiendo el honor de su rey.
Leeremos los versículos ocho al once para después comentarlos frase por frase.
Los versículos ocho al once del salmo cincuenta y uno dicen así:
“Hazme oír gozo y alegría, Y se recrearán los huesos que has abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, Y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, Y no quites de mí tu santo Espíritu”.
Ahora, después de leer estos versículos, vamos a comentarlos.
En estos versículos hay un cambio muy importante puesto que se termina la petición de perdón y comienza la petición de renovación. Vamos a verlo.
“Hazme oír gozo y alegría, Y se recrearán los huesos que has abatido”. Evidentemente, ya se ha producido un cambio y el salmista ya comienza a mirar más allá del perdón y de la tristeza. Con todo, todavía vuelve a pedir perdón con dos frases dignas de examinar atentamente, la primera deja muy claro que David sabe que si Dios está mirando a sus pecados no puede haber perdón, por eso dice: “Esconde tu rostro de mis pecados”.
¿Entonces que tendría el Señor delante al mirar a David? Sin duda alguna su arrepentimiento sincero y su petición de perdón que aun se repite en la frase siguiente cuando dice: “Y borra todas mis maldades”.
David se acoge a la misericordia maravillosa de Dios para con los que arrepentidos se vuelven a Él.
De hecho, en el salmo ciento treinta tres y cuatro, leemos: “JAH, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, Para que seas reverenciado”.
No podemos aportar nada, solo la fe en el perdón generoso de Dios para el pecador sinceramente arrepentido. Y ahora presenta David la petición de renovación cuando dice:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio”.
Que es tanto como reconocer que su viejo corazón pecador tenía que ser sustituido por uno renovado por Dios y amplía esta petición especificando:
“Y renueva un espíritu recto dentro de mí”. Solo la acción renovadora de Dios puede darnos esa nueva vida que necesitamos para servirle con alegría. Porque, seguidamente, David ruega algo así como ser readmitido plenamente en el servicio de Dios, pues dice:
“No me eches de delante de ti”.
O sea, ya que me has perdonado, mantenme en tu equipo, y como eso requería la presencia de Dios en él, por su Espíritu Santo, añade:
“Y no quites de mí tu santo Espíritu”. Y es que nadie es tan pecador que Dios no pueda perdonarle y nadie es tan puro que no necesite el perdón de Dios.
¿Cuál es tu caso? ¿Ya has recibido el perdón?