Salmo 52 – Diferencias (292)

Bienvenidos a Miradas. Nuestro recorrido por este libro de los salmos nos ha traído hasta el salmo cincuenta y dos, que hoy terminamos.
En este salmo cincuenta y dos se presenta un contraste entre el orgulloso malvado y el creyente en su relación con Dios y las consecuencias a causa de la justicia de Dios.
Como cada día, leemos un trozo del salmo y después lo comentamos.
Leeremos los últimos cuatro versículos para después examinarlos frase por frase.
Los primeros cinco versículos de este salmo describen el comportamiento malvado y orgulloso del que se opone a Dios con prepotencia y las consecuencias.
En esta segunda parte del salmo vemos la otra cara de esta situación, es decir, como lo ven los creyentes.
Los últimos versículos del salmo cincuenta y dos dicen así:
“Verán los justos, y temerán; Se reirán de él, diciendo: He aquí el hombre que no puso a Dios por su fortaleza, Sino que confió en la multitud de sus riquezas, Y se mantuvo en su maldad. Pero yo estoy como olivo verde en la casa de Dios; En la misericordia de Dios confío eternamente y para siempre. Te alabaré para siempre, porque lo has hecho así; Y esperaré en tu nombre, porque es bueno, delante de tus santos”.
Se inicia esta parte del salmo terminando de calificar la trágica actitud del prepotente que se fía de su poder y no de Dios, pues dice:
“Verán los justos, y temerán; Se reirán de él, diciendo: He aquí el hombre que no puso a Dios por su fortaleza”. Y, seguidamente, añade: “Sino que confió en la multitud de sus riquezas”.
Lo chocante es que muchos piensan igual, creyendo que el poder material es lo mejor y que teniéndolo no necesitan a Dios para nada. Aun añade más, pues el creerse con poder para enfrentar cualquier circunstancia y creer también que no necesita a Dios para nada, sigue comportándose como si Dios no existiese, pues añade: “Y se mantuvo en su maldad”.
A continuación, cambia el panorama del salmo y, después de examinar a quien cree no necesitar a Dios, porque tiene bienes materiales y se comporta con maldad como si nunca hubiese de dar cuenta de su vida; vamos a ver la otra cara del trato con Dios, la vida del creyente. Comienza con una declaración que sorprende, pues parece un poco atrevida, ya que dice: “Pero yo estoy como olivo verde en la casa de Dios”.
O sea, yo estoy lozano y en el lugar mejor posible, en el lugar de adoración a Dios, o quizá mejor, junto a Dios, pero antes de que lleguemos a pensar si tenía méritos para ello y de qué clase, nos confiesa cual es su secreto, pues dice:
“En la misericordia de Dios confío eternamente y para siempre”.
Es decir, no son mis méritos, es Dios, a cuya misericordia me acojo sin merecerlo, pero aun hay más, pues esa misericordia es eterna. Y Ha sido iniciativa de Dios, así lo reconoce seguidamente con estas palabras:
“Te alabaré para siempre, porque lo has hecho así”. Y de ahí, de esa seguridad, surge la esperanza que declaran las últimas palabras del salmo y que dicen:
“Y esperaré en tu nombre, porque es bueno, delante de tus santos”.
Esta sí es riqueza verdadera. ¿Te has acogido a la misericordia que Dios te ofrece? Es por gracia.