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El libro de la vida: Lamentaciones | Antiguo Testamento

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El Libro de Lamentaciones no identifica explícitamente a su autor. La tradición es que el Profeta Jeremías fue quien escribió Lamentaciones.

Esta opinión es muy probable, considerando que el autor fue un testigo de la destrucción de Jerusalén por los babilonios. Jeremías se ajusta a esta descripción (2 Crónicas 35:25; 36:21-22).

Fecha de su Escritura: El Libro de Lamentaciones fue escrito probablemente entre el 586 y el 575 a.C., durante o poco después de la caída de Jerusalén.

Como resultado de la continua y no arrepentida idolatría de Judá, Dios permitió a los babilonios asediar, despojar, quemar y destruir la ciudad de Jerusalén.

El templo de Salomón, que había permanecido por 400 años aproximadamente, fue quemado hasta sus cimientos. El Profeta Jeremías, un testigo ocular de estos eventos, escribió el Libro de Lamentaciones, como un lamento por lo que ocurrió a Judá y Jerusalén.

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Salmo 55 – Socórreme (296)

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Bienvenidos a Miradas. Nuestros programas diarios sobre los salmos nos han traído hasta el salmo cincuenta y cinco que hoy comenzamos.

Aunque ya lo hemos mencionado alguna vez, no está de más recordar que el libro de los salmos es, con diferencia, el más extenso de la Biblia, y, además, es el libro del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo Testamento, ya que, aproximadamente un treinta por ciento de las citas del Antiguo Testamento, que tiene treinta y nueve libros, en el Nuevo son del libro de los salmos.

Este es uno de los salmos de David y nos sitúa ante una situación muy dramática, está en grave peligro, incluso de muerte, pero, lo que más le duele es que el enemigo es un traidor que había pasado por amigo hasta entonces.

El salmista se debate entre el temor, el deseo de huir y la rabia, para, por fin, ponerse confiadamente en las manos de Dios.

Como hacemos habitualmente, leeremos unos pocos versículos cada día para poder examinarlos con más detalle.

Los versículos uno al cuatro, del salmo cincuenta y cinco, dicen así:

“Escucha, oh Dios, mi oración, Y no te escondas de mi súplica. Está atento, y respóndeme; Clamo en mi oración, y me conmuevo, A causa de la voz del enemigo, Por la opresión del impío; Porque sobre mí echaron iniquidad, Y con furor me persiguen. Mi corazón está dolorido dentro de mí, Y terrores de muerte sobre mí han caído“.

Después de leer estos versículos del salmo cincuenta y cinco, vamos a poner nuestra Mirada sobre cada frase de los mismos, sin perder de vista el tema general del salmo.

La primera frase del salmo es un ruego a Dios pidiendo ser atendido personalmente, pues dice:

“Escucha, oh Dios, mi oración, Y no te escondas de mi súplica”. Y aun añade algo más, en el mismo sentido, diciendo: “Está atento, y respóndeme”.

Pero, seguidamente abre un poco más su corazón, y muestra sus emociones, pues dice:

“Clamo en mi oración, y me conmuevo”. O sea, lo que da lugar a su petición era tan grave que está atemorizado y temblando.

El salmista lo aclara a continuación, señalando la causa de su petición y su temor, diciendo:

“A causa de la voz del enemigo, Por la opresión del impío”.

Por lo tanto, había un enemigo malvado. Seguidamente aclara lo que hace el enemigo, denunciando que le calumnian gravemente y le atacan con saña, sin descanso, pues dice:

“Porque sobre mí echaron iniquidad, Y con furor me persiguen”.

La situación era angustiosa para el salmista, tanto que, se ve en peligro de muerte y está aterrorizado, así lo confiesa con estas palabras:

“Mi corazón está dolorido dentro de mí, Y terrores de muerte sobre mí han caído”. Algo muy importante que nos deja este salmo es que en la dramática situación que está viviendo el salmista, su oración, su petición de ayuda, es dirigida a Dios.

Aunque estaba desanimado a causa del ataque de su enemigo, busca en Dios la ayuda.

Esta es, sin duda alguna, una buena lección para nosotros.

Porque, generalmente, cuando estamos en una situación límite, tendemos a quejarnos, lamentarnos, incluso protestar, pero, lo mejor, es acudir al que verdaderamente puede ayudarnos, en vez de lamentarnos.