Salmo 56 – Armas de maldad (303)

Bienvenidos a Miradas. Aunque lo decimos todos los días, no por eso es menos cierto que estamos recorriendo el libro de los salmos, sin dejar ninguna atrás, y ya estamos por la mitad del salmo cincuenta y seis, escrito por David, el extraordinario pastor salmista y rey, que nos ha dejado una colección sin igual de estas perlas de la Biblia, ya que una gran parte de los salmos salieron de su pluma.
En este salmo cincuenta y seis, el salmista se encuentra en una situación muy difícil, acosado por sus enemigos, y hace dos cosas muy notables, por una parte, pide ayuda a Dios ejerciendo así, como era su costumbre, una dependencia constante de Él, y, por otra parte, en plena coherencia con lo primero, confiesa repetidamente su total confianza en Dios en su delicada situación. Vamos a leer los versículos cinco al siete, para después pasar a comentarlos con más detalle.
Los versículos cinco al siete del salmo cincuenta y seis dicen así: “Todos los días ellos pervierten mi causa; Contra mí son todos sus pensamientos para mal. Se reúnen, se esconden, Miran atentamente mis pasos, Como quienes acechan a mi alma. Pésalos según su iniquidad, oh Dios, Y derriba en tu furor a los pueblos”.
Hemos titulado estos versículos: “Armas de maldad” porque ese es su tema. Veamos, comienza el salmista reiterando algo que ya había dicho antes, que el acoso de los enemigos era continuo, y además con acusaciones perversas, pues dice: “Todos los días ellos pervierten mi causa”.
O sea, no era que de vez en cuando le acusaban, era que lo hacían continuamente y con mentiras. Pero no solo eso, ya que según nos dice a continuación estaban siempre maquinando maldades contra él, vamos que no hacían otra cosa, pues dice:
“Contra mí son todos sus pensamientos para mal”. Debe ser muy duro saber que hay personas que planean continuamente como hacernos daño, porque, además, no lo hacían a la cara, sino que lo hacían en ocultos en sus refugios, tal vez para disimular sus malas intenciones y parecer leales e íntegros, pues dice el salmista que: “Se reúnen, se esconden”.
Pero aunque se escondían para tramar sus maldades, no dejaban de acecharle, de observarle constantemente para saber cuando atacar con éxito averiguando sus debilidades, y lo hacían a conciencia, como si fuera una buena tarea de vigilancia, pues dice el salmista:
“Miran atentamente mis pasos, Como quienes acechan a mi alma”. O sea que querían liquidarlo, acabar con él.
El salmista, después de retratar con tanto detalle a sus enemigos, se vuelve a Dios para hacer una nueva petición, que ahora es pidiendo justicia justa, pues pide para ellos castigo según su pecado, es decir justo, no desproporcionado, y entonces, si ha lugar a la santa ira de Dios, que la descargue, pide esto diciendo:
“Pésalos según su iniquidad, oh Dios, Y derriba en tu furor a los pueblos”.
De nuevo deja el salmista una importante lección, por muy malvados que sean los enemigos, o nos lo parezcan a nosotros, es Dios, en su justicia quien debe juzgarles y decidir y aplicar el castigo correspondiente.
Tengamos esto siempre presente.