Salmo 59 – Bien Guardado (320)

Bienvenidos a Miradas. Seguimos avanzando por el libro de los salmos, uno de los libros más singulares de la Biblia, y, sin lugar a dudas, el favorito de millones de lectores de la Biblia.
Hoy es ya el quinto día dedicado al salmo cincuenta y nueve.
Este salmo, cuya meditación terminamos hoy, pertenece a la colección de los salmos escritos por David, el dulce cantor de Israel, y recoge una petición de ayuda a Dios cuando unos enemigos poderosos buscaban su vida a la vez que se burlaban de Dios.
Como tantas otras veces, David no toma la justicia por su mano sino que encomienda a Dios su causa, confiando especialmente en su misericordia de la cual se sabía personalmente beneficiario, así lo manifiesta cuando en este salmo llama por dos veces a Dios “el Dios de mi misericordia”, es decir, el Dios que tiene misericordia de mi personalmente.
En los dos últimos versículos del salmo, que leeremos y comentaremos hoy, David se vuelve a Dios para adorarle de todo corazón porque se sabe bien guardado por Él.
Vamos a leer estos dos versículos para después meditarlos despacio. A esa Mirada le hemos puesto el título de “Bien guardado”.
Los dos últimos versículos del salmo cincuenta y nueve dicen así: “Pero yo cantaré de tu poder, Y alabaré de mañana tu misericordia; Porque has sido mi amparo Y refugio en el día de mi angustia. Fortaleza mía, a ti cantaré; Porque eres, oh Dios, mi refugio, el Dios de mi misericordia”.
Después de leer estos últimos versículos del salmo cincuenta y nueve, a los cuales hemos titulado: “Bien guardado”, vamos a meditarlos, frase por frase.
La primera frase dice: “Pero yo cantaré de tu poder”. Después de haber presentado su petición, y su deseo que Dios se glorifique castigando a sus enemigos, David reflexiona delante de Dios en lo perfectamente guardado que está por Él. Por eso canta, alaba, reconoce, el supremo poder de Dios, que está absolutamente por encima de todo otro poder en el universo.
Seguidamente David se refiere al inmerecido cuidado personal con que Dios lo trata, ese cuidado que no responde a los méritos del salmista sino al impulso del corazón de Dios, y lo hace con estas palabras: “Y alabaré de mañana tu misericordia”.
Es decir, tan pronto como me levanto me doy cuenta que soy receptor de tu misericordia y te alabo por ello.
A continuación describe como ha sido Dios para él un muro de defensa en la dificultad, pues dice: “Porque has sido mi amparo”. Y redondea este reconocimiento ampliando la descripción con referencia a la protección recibida en un momento dramático, diciendo:
“Y refugio en el día de mi angustia”. Las tres últimas frases del salmo redondean de forma muy detallada y emotiva la alabanza a Dios por su ayuda. La primera alaba la seguridad defensiva de Dios diciendo: “Fortaleza mía, a ti cantaré”.
La segunda destaca la protección perfecta que Dios le da diciendo: “Porque eres, oh Dios, mi refugio”. Y la tercera frase repite el título aplicado a Dios en el versículo diez llamándole “el Dios de mi misericordia”.
O el Dios que tiene misericordia conmigo, que se compadece precisamente de mí.
Cuando se vive delante de Dios cada día, ocurren estas cosas.