Radio Solidaria
EN DIRECTO

Salmo 66 – Gran misericordia (350)

Imagen del programa Salmo 66 – Gran misericordia (350) en Radio Solidaria

Bienvenidos a Miradas. Nuestro caminar por el libro de los salmos termina hoy el salmo sesenta y seis.

Como la extensión del salmo no nos permite leerlo entero, porque nos dejaría casi sin espacio para comentar los versículos a los que dedicaremos hoy nuestra Mirada, pues leeremos los tres últimos versículos para comentarlos con calma. Pero, antes, diremos un poco de que va el salmo.

El salmo sesenta y seis es un reconocimiento de lo que Dios es y hace, es decir, es todo un compendio de adoración, pues, reúne alabanza por la salvación nacional, su señorío universal, las pruebas con las que forma a su pueblo, el compromiso de cumplir con Él, y el carácter misericordioso de Dios.

Los versículos dieciocho al veinte del salmo sesenta y seis, que comentaremos hoy, dicen así:

“Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, El Señor no me habría escuchado. Mas ciertamente me escuchó Dios; Atendió a la voz de mi súplica. Bendito sea Dios, Que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia”.

Estos últimos versículos del salmo muestran la sinceridad del salmista cuando se presenta ante Dios para pedir ayuda y la generosa y completa respuesta de Dios. Merece la pena comentarlos despacito para saborearlos, pues son muy hermosos. Las primeras palabras pueden parecer extrañas si no nos fijamos bien en lo que dicen y son la confesión de sinceridad del salmista, pues dice en ellas: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, El Señor no me habría escuchado”.

Lo que quiere decir, es que si hubiese clamado a Dios con su boca, como si fuese un fiel creyente, pero acariciando el pecado con su corazón, habría ocurrido lo normal, su oración no iría más arriba del techo, Dios no le hubiera hecho caso. Pero la situación era muy distinta, su petición era sincera y corazón era fiel para con Dios.

Decía lo que sentía. Por eso, sigue diciendo que Dios atendió su petición, porque era sincera, no era para cumplir, para quedar bien, pues primero dice:

“Mas ciertamente me escuchó Dios”. Es decir, tuvo constancia de haber sido escuchado, pero, además, No solo fue escuchado sino que también recibió la respuesta que necesitaba, lo que suplicaba, pues añade:

“Atendió a la voz de mi súplica”. Vamos, queda muy claro. Por eso, el salmo termina con una breve oración de gratitud y el resumen, en dos brevísimas y hermosas frases, de los motivos de su agradecimiento. Veamos, el salmista comienza diciendo:

“Bendito sea Dios”, que algo así como decir, proclamo la grandiosa bondad de Dios. Y ahora vienen esas dos hermosas y breves frases, con las que termina el salmo, y en las cuales expresa los motivos de su gratitud.

En la primera dice: “Que no echó de sí mi oración”, es decir, le bendigo porque me atendió, hizo caso de mi ruego, respondió mi petición, no envió mi súplica a la papelera. Y la segunda frase es aun más hermosa, si cabe, fijémonos bien, leeremos parte de anterior para entenderla bien pues dice: “no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia”.

O sea, atendió mi ruego y mantuvo sobre mi su misericordia, porque no merezco nada de lo recibido. Como nosotros.