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Salmo 69 – Sin opciones (363)

Imagen del programa Salmo 69 – Sin opciones (363) en Radio Solidaria

Bienvenidos a Miradas. Seguimos avanzando por el salmo sesenta y nueve, escrito por David, que nos deja un largo y sentido ruego en una situación angustiosa.

Leeremos unos cuantos versículos, como cada día, para después comentarlos. Después de describir los crueles ataques de sus enemigos, David pide con gran intensidad la ayuda de Dios en los versículos trece al veintiuno del salmo sesenta y nueve, que dicen así:

“Pero yo a ti oraba, oh Jehová, al tiempo de tu buena voluntad; Oh Dios, por la abundancia de tu misericordia, Por la verdad de tu salvación, escúchame. Sácame del lodo, y no sea yo sumergido; Sea yo libertado de los que me aborrecen, y de lo profundo de las aguas. No me anegue la corriente de las aguas, Ni me trague el abismo, Ni el pozo cierre sobre mí su boca. Respóndeme, Jehová, porque benigna es tu misericordia; Mírame conforme a la multitud de tus piedades. No escondas de tu siervo tu rostro, Porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme. Acércate a mi alma, redímela; Líbrame a causa de mis enemigos. Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio; Delante de ti están todos mis adversarios. El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; Y consoladores, y ninguno hallé. Me pusieron además hiel por comida, Y en mi sed me dieron a beber vinagre”.

Vamos a examinarlos poco a poco. David no se defiende atacando, sino refugiándose en Dios, pues dice: “Pero yo a ti oraba, oh Jehová, al tiempo de tu buena voluntad”.

Pero, como otras veces, deja muy claro que no reclama la ayuda que no merece, solo la suplica, pues dice:

“Oh Dios, por la abundancia de tu misericordia, Por la verdad de tu salvación, escúchame”. Como un náufrago que se hunde, pide ser salvado, pues dice: “Sácame del lodo, y no sea yo sumergido; Sea yo libertado de los que me aborrecen, y de lo profundo de las aguas. No me anegue la corriente de las aguas”.

Y es que ya está al límite, pues añade: “Ni me trague el abismo, Ni el pozo cierre sobre mí su boca”. De nuevo recurre a la bondad inmerecida de Dios diciendo: “Respóndeme, Jehová, porque benigna es tu misericordia; Mírame conforme a la multitud de tus piedades”.

Pero, la situación es de máxima urgencia, pues dice: “No escondas de tu siervo tu rostro, Porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme. Acércate a mi alma, redímela”. David sabe que Dios conoce muy bien lo que le pasa, pero se lo dice con estas palabras:

“Líbrame a causa de mis enemigos. Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio; Delante de ti están todos mis adversarios”. Reconoce además, el salmista, que está derrumbado con estas palabras:

“El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado”. Porque solo le queda Dios, nadie más, lo confiesa así: “Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; Y consoladores, y ninguno hallé. Me pusieron además hiel por comida, Y en mi sed me dieron a beber vinagre”.

Estos versículos nos dejan una lección preciosa, la ayuda de Dios es la única segura, pero nadie la merece, es pura misericordia.

Bendito sea Dios.