Salmo 73 – Ignorancia dolorosa (379)

Bienvenidos a Miradas. Como sabes, este programa es un recorrido por el libro de los salmos, sin dejar atrás ninguno.
Cada día leemos y meditamos una parte, o completo, si la extensión lo permite. El libro de los salmos, además de ser el más extenso de toda la Biblia, también es, como mucha diferencia, el más citado en el Nuevo Testamento.
Este libro es algo así como una ventana al alma de los creyentes, en su relación con Dios, en su día a día.
Por eso, además de ser la mejor poesía jamás escrita, es muy cercano al lector, que muchas veces se ve retratado en las emociones y dilemas espirituales del salmista.
Estamos terminando el salmo setenta y tres, escrito por Asaf, un director del coro del templo, que describe el recorrido de un creyente que ve como prosperan los malvados y casi desea ser como ellos. Pero se da cuenta que si lo hace hará un gran daño a otros creyentes.
Estando en la presencia de Dios descubre que el final de los malvados será terrible y en los versículos que veremos hoy se acusa de torpeza. Vamos a leerlos antes de meditarlos, para darnos cuenta.
Los versículos veintiuno al veinticuatro del salmo setenta y tres dicen así: “Se llenó de amargura mi alma, Y en mi corazón sentía punzadas. Tan torpe era yo, que no entendía; Era como una bestia delante de ti. Con todo, yo siempre estuve contigo; Me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, Y después me recibirás en gloria”.
Vamos ahora a reflexionar en estos cuatro versículos del salmo setenta y tres, frase por frase. Como ya dijimos antes, cuando el salmista se dio cuenta que los malvados, a los que parecía irles muy bien, se dirigían a un final espantoso, se acusa de torpeza y le duele profundamente; lo dice con estas palabras:
“Se llenó de amargura mi alma, Y en mi corazón sentía punzadas”.
El salmista lamenta tanto su ceguera, que se acusa de ser un animal, al no darse cuenta, que es imposible vivir en pecado clamoroso, burlándose de Dios, y presumiendo de ello, sin que la justicia divina intervenga, vamos que el resultado de vidas así es espantoso, por eso sigue acusándose diciendo: “Tan torpe era yo, que no entendía; Era como una bestia delante de ti”.
Pero, después de estas confesiones de su gran torpeza, para darse cuenta que el destino del malvado es el implacable castigo divino. Reconoce que es un gran beneficiario del inmenso amor de Dios y que, a pesar de sus dudas, nunca la ha faltado su compañía, pues añade: “Con todo, yo siempre estuve contigo”.
Es más, se da cuenta que Dios mismo le ha estado llevando de la mano, pues dice:
“Me tomaste de la mano derecha”. Y aun completa este reconocimiento añadiendo que la palabra de Dios le ha ido conduciendo en su caminar diario, pues dice:
“Me has guiado según tu consejo” Y termina estos versículos con una afirmación maravillosa de esperanza segura diciendo: “Y después me recibirás en gloria”.
¡Qué grandioso es el amor de Dios con los suyos, a pesar de sus fallos! Nos da luz en su Palabra para comprender lo que sucede, nos da guía segura para la vida diaria, y nos garantiza un futuro glorioso a su lado. ¡Bendito sea Dios!