Salmo 73 – Las cosas claras (380)

Bienvenidos a Miradas. En nuestro diario recorrido por el libro de los salmos, hoy terminamos el salmo setenta y tres, leyendo y meditando sus últimos cuatro versículos.
El salmo setenta y tres, escrito por Asaf, nos coloca ante una situación muy común.
Describe las dudas de un creyente que se plantea si vale la pena ser fiel al Señor, cuando ve que a los que se burlan de Dios y viven en maldad continua, les va estupendamente y a él no.
Es más esos malvados presumen de serlo y del éxito de su conducta. Cuando está a punto de imitarlos, se da cuenta que si lo hace hará mucho daño a los otros fieles que le tienen como referencia moral y espiritual.
Pero, lo que le abre los ojos, es la meditación de la Palabra en la presencia de Dios, que le descubre la inexorable perdición de los malvados, y después de acusarse de gran torpeza, canta la maravilla de su relación con Dios, y su dependencia de Él, en estos últimos versículos del salmo diciendo:
“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; Tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta. Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; He puesto en Jehová el Señor mi esperanza, Para contar todas tus obras”.
Ahora, después de leer estos cuatro últimos versículos del salmo setenta y tres, vamos a irlos desgranando, poco a poco, para extraer su precioso jugo.
La primera afirmación del salmista, es contundente y clarísima, afirmando su dependencia absoluta de Dios, pues dice:
“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra”.
Es decir, lo tengo todo en Dios, tanto ahora como para la eternidad. Completa esta afirmación reconociendo su humana debilidad y verdadera y permanente fuente de su fortaleza, diciendo: “Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre”.
Esto es tanto como decir que aunque su cuerpo y sus fuerzas van disminuyendo, la seguridad que tiene en Dios es permanente. Seguidamente, hace un paréntesis, dirigiendo su atención al destino de los que no tienen a Dios en cuenta, y que han motivado este salmo, diciendo: “Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán”.
Y aun remacha esta afirmación con otra que es todavía más clara, diciendo:
“Tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta”. Y, a continuación, regresa de nuevo a su canto gozoso de confianza en el Señor, confirmando que el bien, el verdadero y permanente bien, es la comunión con Dios, pues dice:
“Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien”. Y el salmo se termina con dos afirmaciones muy importantes.
La primera, no deja lugar a dudas, ahora que sabe el horroroso futuro de los que se burlan de Dios, tiene muy, pero muy claro, que todo su futuro está por completo en Dios, pues dice: “He puesto en Jehová el Señor mi esperanza”
Y la seguridad de su esperanza le lleva al testimonio entusiasta, pues termina diciendo:
“Para contar todas tus obras”. Cuando se conoce a Dios es inevitable hablar de Él.