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Salmo 78 – El Ungido (428)

Imagen del programa Salmo 78 – El Ungido (428) en Radio Solidaria

Hoy terminamos el recorrido por el salmo setenta y ocho, al que hemos dedicado treinta y dos programas para no dejarnos atrás ninguno de sus versículos, aunque nuestra tarea no es todo lo exhaustiva que quisiéramos.

Este salmo es uno de los grandes salmos de enseñanza histórica, ya que recuerda al pueblo de Dios sus infidelidades y desobediencias a pesar del constante cuidado de Dios.

Como ya hemos dicho otros días forma parte de una serie de doce salmos que llevan el nombre de Asaf como autor.

Este Asaf dirigía la música del templo en tiempos de David y sus descendientes conservaban el mismo ministerio al regreso del exilio.

Leeremos los últimos versículos del salmo para después comentar los tres finales.

Los versículos sesenta y cinco al setenta y dos, del salmo setenta y ocho, dicen así:

“Entonces despertó el Señor como quien duerme, Como un valiente que grita excitado del vino, E hirió a sus enemigos por detrás; Les dio perpetua afrenta. Desechó la tienda de José, Y no escogió la tribu de Efraín, Sino que escogió la tribu de Judá, El monte de Sion, al cual amó. Edificó su santuario a manera de eminencia, Como la tierra que cimentó para siempre. Eligió a David su siervo, Y lo tomó de las majadas de las ovejas; De tras las paridas lo trajo, Para que apacentase a Jacob su pueblo, Y a Israel su heredad. Y los apacentó conforme a la integridad de su corazón, Los pastoreó con la pericia de sus manos”.

Con estos versículos en mente, vamos a leer de nuevo los tres últimos, que serán objeto especial de nuestra Mirada de hoy.

Los versículos setenta al setenta y dos, del salmo setenta y ocho que presentan al primer gran rey de Israel, el rey modelo por excelencia, de cual desciendo en su humanidad el mismo Jesucristo, y cuyo nombre aparece a los largo de toda la Biblia desde su historia hasta el último capítulo del apocalipsis, estos versículos dicen así:

“Eligió a David su siervo, Y lo tomó de las majadas de las ovejas; De tras las paridas lo trajo, Para que apacentase a Jacob su pueblo, Y a Israel su heredad. Y los apacentó conforme a la integridad de su corazón, Los pastoreó con la pericia de sus manos”.

Las dos primeras frases señalan al personaje escogido por Dios para el gran cambio, pues, recordando el pasado pastoril de David, dicen:

“Eligió a David su siervo, Y lo tomó de las majadas de las ovejas”. Y aludiendo a su cuidado amoroso con el rebaño, aplica esta experiencia a su profesión como rey, diciendo:

“De tras las paridas lo trajo, Para que apacentase a Jacob su pueblo, Y a Israel su heredad”. Y, por último, haciendo un resumen del reinado de David, dice: “Y los apacentó conforme a la integridad de su corazón, Los pastoreó con la pericia de sus manos”.

Es muy interesante que su mencione la función real como el trabajo de un buen pastor. Asimismo es interesante ver como el que fue llamado Hijo de David, dice de si mismo: “Yo soy el buen pastor”.

El cuidado amoroso de David, con su rebaño y con su pueblo, anticipaba el cuidado del buen pastor con sus seguidores.

¡Qué bueno es saber que el buen pastor, dio su vida por los suyos!