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El libro de la vida: Malaquías | Antiguo Testamento

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Esta era una advertencia de Dios a través de Malaquías, para decirle a la gente que regresara a Dios. Mientras el último libro del Antiguo Testamento se cierra, el pronunciamiento de la justicia y la promesa de Dios de su restauración a través de la venida del Mesías, resuena en los oídos de los israelitas.

Sobrevienen cuatrocientos años de silencio, terminando con un mensaje similar del siguiente profeta de Dios, Juan el Bautista, proclamando, “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.” (Mateo 3:2).

Malaquías escribió las palabras del Señor al pueblo elegido de Dios quien se había extraviado, especialmente los sacerdotes quienes se habían alejado del Señor. Los sacerdotes no estaban tratando con respeto los sacrificios que debían hacer a Dios.

Los animales defectuosos eran sacrificados, aún cuando la ley demandaba que debían ser animales sin defecto (Deuteronomio 15:21).

Salmo 82 – Ciegos malvados (443)

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Estamos meditando en el salmo ochenta y dos que es uno de los salmos de la colección de Asaf.

No sabemos de qué época es el salmo, pero podría ser de cualquiera, incluso de la nuestra, porque el tema que plantea, con mayor o menor gravedad, ha ocurrido siempre.

El salmo trata de la injusticia social, del abuso que los poderosos ejercen sobre los más débiles, y eso sigue sucediendo, aunque se procura disimularlo.

Dado que el salmo es breve, cada día lo leemos entero, lo cual permite tener delante todo el contexto de la parte del mismo que comentamos. Así que, hoy leeremos nuevamente el salmo ochenta y dos y comentaremos en detalle el versículo cinco del mismo.

El salmo ochenta y dos dice así:

“Dios está en la reunión de los dioses; En medio de los dioses juzga. ¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente, Y aceptaréis las personas de los impíos? Defended al débil y al huérfano; Haced justicia al afligido y al menesteroso. Librad al afligido y al necesitado; Libradlo de mano de los impíos. No saben, no entienden, Andan en tinieblas; Tiemblan todos los cimientos de la tierra. Yo dije: Vosotros sois dioses, Y todos vosotros hijos del Altísimo; Pero como hombres moriréis, Y como cualquiera de los príncipes caeréis. Levántate, oh Dios, juzga la tierra; Porque tú heredarás todas las naciones”.

Ahora, que hemos leído el salmo ochenta y dos entero, vamos a fijar nuestra Mirada en el versículo cinco del mismo para examinarlo con detalle, pero teniendo en cuenta el resto del salmo.

Recordemos, que el salmo denuncia las injusticias de los gobernantes, que permiten que los poderosos abusen de los débiles, y les exige acabar con esa situación.

El versículo cinco del salmo ochenta y dos afirma la ceguera y sordera voluntaria de los gobernantes ante las exigencias de Dios, pues dice así:

“No saben, no entienden, Andan en tinieblas; Tiemblan todos los cimientos de la tierra”. La primera frase lo describe muy bien, pues dice: “No saben, no entienden”.

Hoy diríamos: “no se enteran”, vamos, que no hacen ni caso, que reaccionan ante la palabra de Dios como quien oye llover, es aquello del dicho “predícame frade, que por un oído me entra, y por otro me sale”.

A continuación añade algo muy lógico, la oscuridad en la que viven los gobernantes que no hacen caso a Dios, pues como desprecian la clara luz de su palabra, que dan a oscuras, pues dice el texto: “Andan en tinieblas”.

Pero estas constantes y clamorosas injusticias producen una gran conmoción social, que, en ocasiones terminan en revueltas muy violentas, aunque, generalmente, los revolucionarios acaban cayendo en las mismas injusticias, porque su revolución no tiene a Dios como referencia y guía.

El versículo termina con esta frase: “Tiemblan todos los cimientos de la tierra”.

Podríamos citar muchas ocasiones en la historia en las cuales las continuadas y graves injusticias de los gobernantes acabaron con rebeldías masivas que les derrocaron para implantar la justicia para todos sin beneficiar a los ricos más que a los pobres, pero la historia se repite y las injusticias se perpetúan.

Solo en Dios hay justicia perfecta.