Cara cara Alejandra Nogales

Alejandra Nogales, Directora de Teatro.
Salmo 84 – Desea adorar (451)

Iniciamos hoy nuestro habitual recorrido por el salmo ochenta y cuatro.
Este salmo forma parte de otra colección, la de los hijos de Coré, que, está formada por once salmos, los siete primeros son de los hijos de Coré y los cuatro últimos son para los hijos de Coré, es decir, dedicados a ellos por diversos autores, posiblemente David fuese alguno de ellos.
Los hijos de Coré eran levitas y estaban al servicio del santuario en el canto y la música, y este salmo es un emotivo canto al santuario del Dios verdadero.
Como hacemos cada día en este programa, primero leemos el salmo entero, o una parte si es muy extenso, y después comentamos parte del mismo. Hoy leeremos el salmo entero y comentaremos los dos primeros versículos.
El salmo ochenta y cuatro dice así:
“¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo. Aun el gorrión halla casa, Y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, Cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío. Bienaventurados los que habitan en tu casa; Perpetuamente te alabarán. Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, En cuyo corazón están tus caminos. Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, Cuando la lluvia llena los estanques. Irán de poder en poder; Verán a Dios en Sion. Jehová Dios de los ejércitos, oye mi oración; Escucha, oh Dios de Jacob. Mira, oh Dios, escudo nuestro, Y pon los ojos en el rostro de tu ungido. Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, Que habitar en las moradas de maldad. Porque sol y escudo es Jehová Dios; Gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad. Jehová de los ejércitos, Dichoso el hombre que en ti confía”.
Después de leer este salmo ochenta y cuatro, vamos a leer de nuevo los dos primeros versículos, para, seguidamente, comentarlos. Dicen así:
“¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo”. Vamos a ver cada frase. La primera confiesa que es muy agradable estar en el santuario de Dios, el vencedor que comanda los invencibles ejércitos celestiales, diciendo:
“¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!”. Tal vez está lejos y desea acercarse al santuario para adorar al Dios eterno, ya que le llama Jehová, que significa el que siempre es, pues añade:
“Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová”. En todo caso, la adoración surge espontánea, aunque no esté en el santuario, y con eso se adelanta a los tiempos cuando el mismo Señor dice que los verdaderos adoradores adorarán en espíritu y en verdad, pues dice: “Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo”.
La verdadera adoración no necesita un lugar concreto sino una actitud, pero el santuario es el lugar donde se reúnen los adoradores.