Salmo 84 – Prefiere a Dios (454)

Ya estamos llegando casi al final del salmo ochenta y cuatro.
Como sabes, cada día lo leemos entero y comentamos dos o tres versículos.
Este salmo, fue escrito por alguien relacionado con el santuario, para los hijos de Coré, que servían en la música sagrada.
El salmo ochenta y cuatro dice así:
“¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo. Aun el gorrión halla casa, Y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, Cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío. Bienaventurados los que habitan en tu casa; Perpetuamente te alabarán. Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, En cuyo corazón están tus caminos. Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, Cuando la lluvia llena los estanques. Irán de poder en poder; Verán a Dios en Sion. Jehová Dios de los ejércitos, oye mi oración; Escucha, oh Dios de Jacob. Mira, oh Dios, escudo nuestro, Y pon los ojos en el rostro de tu ungido. Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, Que habitar en las moradas de maldad. Porque sol y escudo es Jehová Dios; Gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad. Jehová de los ejércitos, Dichoso el hombre que en ti confía”.
Aunque acabamos de leer el salmo ochenta y cuatro entero, vamos a leer de nuevo los versículos ocho al diez a los cuales dedicamos hoy nuestra Mirada. En estos versículos aparece el autor como ungido, puede ser por lo tanto el mismo rey David, o un sumo sacerdote. Estos versículos dicen así:
“Jehová Dios de los ejércitos, oye mi oración; Escucha, oh Dios de Jacob. Mira, oh Dios, escudo nuestro, Y pon los ojos en el rostro de tu ungido. Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, Que habitar en las moradas de maldad”.
Las cuatro frases que siguen, encuadran perfectamente al Dios a quién ora, la primera describe al Dios eterno y jefe de las huestes celestiales pues dice:
“Jehová Dios de los ejércitos, oye mi oración”.
La segunda sitúa al orante como parte del pueblo con Dios, pues dice: “Escucha, oh Dios de Jacob”.
La tercera confiesa a Dios como el defensor permanente, pues dice:
“Mira, oh Dios, escudo nuestro”. Y la cuarta frase describe la especial relación con Dios del que ora, pues dice: “Y pon los ojos en el rostro de tu ungido”. Seguidamente, el salmista, manifiesta las razones de su oración, con descripciones muy fáciles de comprender.
La primera deja muy claro que estar cerca de Dios, en su santuario, es tan valioso que no admite comparación, pues dice:
“Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos”.
Y la segunda es todavía más gráfica, ya que compara estar en el exterior del santuario con vivir en un lugar lujoso, pues dice:
“Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, Que habitar en las moradas de maldad”.