Salmo 86 – Confío en ti (461)

Hoy comenzamos el salmo ochenta y seis, escrito por David, en el cual describe la misericordia de Dios, con una petición al principio y al final del salmo y un canto entre las dos partes de la petición, pero todo en torno a la misericordia de Dios.
Recordemos que siempre que nos referimos a la misericordia de Dios se trata de su compasión inmerecida hacia las necesidades de los humanos.
Debido a la extensión del salmo, leeremos cada día un trozo del mismo, para situarnos en el tema que trata, y comentaremos uno o dos versículos.
Los siete primeros versículos, del salmo ochenta y seis, recogen la primera parte de la oración del salmista, se trata de una petición intensa que recurre a la misericordia de Dios, dicen así:
“Inclina, oh Jehová, tu oído, y escúchame, Porque estoy afligido y menesteroso. Guarda mi alma, porque soy piadoso; Salva tú, oh Dios mío, a tu siervo que en ti confía. Ten misericordia de mí, oh Jehová; Porque a ti clamo todo el día. Alegra el alma de tu siervo, Porque a ti, oh Señor, levanto mi alma. Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, Y grande en misericordia para con todos los que te invocan. Escucha, oh Jehová, mi oración, Y está atento a la voz de mis ruegos. En el día de mi angustia te llamaré, Porque tú me respondes”.
Tras leer estos primeros siete versículos del salmo ochenta y seis, vamos a leer de nuevo los dos primeros, sobre los cuales se detendrá hoy nuestra mirada, dicen así:
“Inclina, oh Jehová, tu oído, y escúchame, Porque estoy afligido y menesteroso. Guarda mi alma, porque soy piadoso; Salva tú, oh Dios mío, a tu siervo que en ti confía”.
Vamos a ir desgranando cada frase para asimilar todo su contenido.
Comienza el salmo pidiendo humildemente ser atendido, dejando claro que atenderle, supone la actitud misericordiosa de Dios que, desde su excelsa majestad, se pone a la altura de su necesidad para escucharle, pues dice: “Inclina, oh Jehová, tu oído, y escúchame”.
Seguidamente, el salmista David expone lo esencial de su necesidad con dos palabras que la explican cumplidamente, porque manifiestan su sufrimiento y su necesidad, pues dice:
“Porque estoy afligido y menesteroso”.
A continuación la petición presenta otro dato más íntimo, el cuidado del espíritu y su dependencia de Dios, porque dice: “Guarda mi alma, porque soy piadoso”.
Finalmente, el salmista completa esta primera parte de su petición con cuatro afirmaciones muy claras y rotundas. Veamos una por una.
Comienza diciendo a Dios: “Salva tú”. Esta petición no nos deja lugar para divagar, David pide a Dios que le salve personalmente, es como si dijese “sálvame”, aunque ese “tú” sugiere algo más.
Sigamos leyendo. Dice seguidamente: “oh Dios mío”.
Es decir confiesa al Dios único y verdadero como su Dios personal y le encomienda su liberación. Pero aun nos da otro dato más de su relación con Dios, pues añade: “a tu siervo”, lo cual quiere decir que se sabe al servicio de Dios, bajo sus órdenes.
Completa este inicio de su oración afirmando su seguridad en la ayuda de Dios, diciendo: “que en ti confía”, Imitemos al salmista.