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Salmo 88 – Temores constantes (483)

Imagen del programa Salmo 88 – Temores constantes (483) en Radio Solidaria

Continuamos nuestro recorrido por el salmo ochenta y ocho que es uno de los salmos dedicados a los hijos de Coré por un colega suyo en las tareas de la música del santuario, que se llamaba Hemán.

Los salmos eran para cantar, pero este es una canción muy, pero muy triste, porque en todo el salmo, con sus dieciocho versículos, solamente hay descripciones de sufrimiento y peticiones de ayuda a Dios, pero, sin respuesta alguna, todo el salmo es como un túnel oscuro, sin luz alguna, ni salida a la vista.

Pero en todo el salmo brilla, sin embargo, la insistencia del salmista, que, según leemos en las tres oraciones que aparecen en el salmo, ora cada día, pidiendo socorro a Dios.

Es una gran lección para los que sufren mucho tiempo. Los últimos nueve versículos del salmo dicen así:

“¿Manifestarás tus maravillas a los muertos? ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Será contada en el sepulcro tu misericordia, O tu verdad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas tus maravillas, Y tu justicia en la tierra del olvido? Mas yo a ti he clamado, oh Yahweh, Y de mañana mi oración se presentará delante de ti. ¿Por qué, oh Yahweh, desechas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro? Yo estoy afligido y menesteroso; Desde la juventud he llevado tus terrores, he estado medroso. Sobre mí han pasado tus iras, Y me oprimen tus terrores. Me han rodeado como aguas continuamente; A una me han cercado. Has alejado de mí al amigo y al compañero, Y a mis conocidos has puesto en tinieblas”.

Ahora, que hemos leído una vez más los nueve últimos versículos del salmo ochenta y ocho, vamos a examinar con detalle el versículo quince del mismo, que dice así:

“Yo estoy afligido y menesteroso; Desde la juventud he llevado tus terrores, he estado medroso”.

Es evidente, por estas palabras que acabamos de leer, que el problema del salmista ya venía de muy lejos, como si Dios permitiese un sufrimiento de años, sin atender sus súplicas constantes.

Los malos momentos siempre parecen interminables, pero cuando la situación, ya sea de dolor, de fracaso, de pérdida, o de acoso despiadado, dura años, y la respuesta de Dios no llega, a pesar de las continuas oraciones, es difícil soportarlo.

Tal vez, porque hemos llegado a pensar que Dios es como una maquina expendedora de golosinas o bebidas, que ponemos la moneda y sale el producto. Pero las respuestas de Dios no son automáticas ni siempre afirmativas.

Aunque podemos tener la seguridad de que Él siempre quiere lo mejor para nosotros. Pero nosotros nunca sabemos que es lo mejor para nuestra vida. Confiemos en Él.

Es evidente que el salmista lo hacía, porque no dejaba de orar cada día.

Esto es confianza auténtica, porque aunque no tiene respuesta y lo pasa muy mal, y el tiempo pasa sin recibir respuesta alguna, sigue orando, sigue pidiendo ayuda al Único que puede dársela.

No hay otra receta mejor, no podemos dar un consejo más adecuado. Confía en Dios y búscale de corazón sin desmayar.

La respuesta llegará.