Salmo 88 – Marginación total (485)

Hoy terminamos nuestro recorrido por el dramático salmo ochenta y ocho, que fue compuesto por uno de los cantores del santuario, llamado Hemán, y dedicado a sus compañeros en el ministerio de la música sagrada, los hijos, o descendientes, de Coré.
Este salmo ochenta y ocho tiene dos componentes, por una parte un ruego desesperado a Dios pidiendo ayuda de forma continua, que aparece tres veces en el salmo; y el resto del salmo es la descripción de la situación y dolor del salmista, que dan lugar a sus reiteradas peticiones. Pero, al contrario que otros salmos, en este no encontramos ni respuesta ni siquiera esperanza de recibirla.
Sin duda, la gran lección del salmo es la perseverancia del salmista en clamar a Dios, a pesar de no recibir respuesta, es decir, buscando continuamente y sin desanimarse la ayuda de Dios, a pesar de que no llega, ni siquiera como promesa.
Vamos a leer por última vez los versículos diez al dieciocho, para, después, comentar el versículo dieciocho. Los últimos nueve versículos del salmo ochenta y ocho dicen así:
“¿Manifestarás tus maravillas a los muertos? ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Será contada en el sepulcro tu misericordia, O tu verdad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas tus maravillas, Y tu justicia en la tierra del olvido? Mas yo a ti he clamado, oh Yahweh, Y de mañana mi oración se presentará delante de ti. ¿Por qué, oh Yahweh, desechas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro? Yo estoy afligido y menesteroso; Desde la juventud he llevado tus terrores, he estado medroso. Sobre mí han pasado tus iras, Y me oprimen tus terrores. Me han rodeado como aguas continuamente; A una me han cercado. Has alejado de mí al amigo y al compañero, Y a mis conocidos has puesto en tinieblas“.
Tras leer por última vez la segunda parte del salmo ochenta y ocho, al que despedimos en este programa, vamos a leer de nuevo el último versículo, el dieciocho, para dedicarle nuestra Mirada de hoy.
El versículo dieciocho del salmo ochenta y ocho, en el cual el salmista atribuye a Dios estar sufriendo una marginación social absoluta, dice así: “Has alejado de mí al amigo y al compañero, Y a mis conocidos has puesto en tinieblas”.
Es estos versículos el salmista repite casi literalmente su queja del versículo ocho, pues allí decía:
“Has alejado de mí mis conocidos; Me has puesto por abominación a ellos; Encerrado estoy, y no puedo salir”.
Aunque en el último versículo del salmo el acento es aun más doloroso, pues en el versículo ocho habla solo de conocidos, pero en el dieciocho, además de los conocidos, menciona al amigo y al compañero, cuyo alejamiento duele muchísimo más. Sentirse absolutamente aislado de todos, incluso de los más íntimos, es terrible. Y si, como dice el salmista, es el mismo Dios quien lo hace, duele aun más.
El salmista se lamenta, protesta, se queja, pero sigue cada día ante el trono de Dios pidiendo auxilio.
¿Tú como reaccionas? ¿Te rindes o sigues buscando en Dios alivio?