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Salmo 89 – Dios se compromete (490)

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Seguimos recorriendo el salmo ochenta y nueve en el cual se ensalza a Dios por su grandeza y poder y por su pacto con David, aunque al final del salmo hay una petición, en un momento de angustia.

El salmo fue compuesto por un músico del santuario, llamado Etán.

Dada la extensión del salmo cada día leemos unos cuantos versículos y los comentamos.

Hoy leeremos los versículos diecinueve al veintitrés, que dicen así:

“Entonces hablaste en visión a tu santo, Y dijiste: He puesto el socorro sobre uno que es poderoso; He exaltado a un escogido de mi pueblo. Hallé a David mi siervo; Lo ungí con mi santa unción. Mi mano estará siempre con él, Mi brazo también lo fortalecerá. No lo sorprenderá el enemigo, Ni hijo de iniquidad lo quebrantará; Sino que quebrantaré delante de él a sus enemigos, Y heriré a los que le aborrecen”.

Estos versículos, del diecinueve al veintitrés, del salmo ochenta y nueve, que hemos leído, tratan del especial compromiso de Dios con David. Son muy importantes porque en realidad su alcance va mucho más allá del tiempo del rey David.

David recibió directamente de Dios la promesa de un compromiso permanente.

La primera frase se refiere al momento de la comunicación de este pacto, pues dice:

“Entonces hablaste en visión a tu santo”.

¡Qué gran privilegio recibir directamente, en persona, una comunicación de Dios!

Pero, es que, además, lo que Dios le comunica es grandioso.

Sigamos, la siguiente frase es muy posible que apunte muy lejos pues la promesa de Dios se completa eternamente en su Hijo como rey eterno. Así que es posible que se refiera a Él cuando dice:

“He puesto el socorro sobre uno que es poderoso”.

Pero, seguidamente, vuelve a David, aunque, no olvidemos que Jesucristo, como hombre, era descendiente de David, y por lo tanto, estaba inseparablemente unido a esta promesa, pues a ambos se refiere cuando dice:

“He exaltado a un escogido de mi pueblo”. A continuación señala al receptor de la promesa, pues dice: “Hallé a David mi siervo”.

Pero, a partir de esa frase, la promesa, el pacto, es igualmente válido para David que para el Mesías hijo de David, es decir para Cristo.

La siguiente frase, de hecho, habla de ungirlo y Mesías es también ungido, pues dice.

“Lo ungí con mi santa unción”. Seguidamente encontramos la promesa de ayuda constante, que David necesitó muchas veces, pues dice:

“Mi mano estará siempre con él, Mi brazo también lo fortalecerá”. Pero, no solo le promete ayuda para vencer, sino también protección contra los ataques, defensa invulnerable, pues le promete:

“No lo sorprenderá el enemigo, Ni hijo de iniquidad lo quebrantará”. Pero, la ayuda prometida es aun más completa, Dios promete ser quien gane sus batallas, pues le promete:

“Sino que quebrantaré delante de él a sus enemigos, Y heriré a los que le aborrecen”.

¿Se puede pedir más? Pocas veces reflexionamos en el gran privilegio de David al ser depositario de una promesa tan especial.

Una promesa única porque incluía al Salvador que vendría un milenio más tarde. Nuestra salvación ya estaba incluida en esa promesa.

Alabemos a Dios por ello.