Salmo 89 – Atiéndenos (495)

Hoy, en el décimo día que le dedicamos, terminamos nuestro recorrido por el salmo ochenta y nueve, con una Mirada a los cuatro últimos versículos del mismo.
Este salmo nos deja una reflexión muy valiosa, que podemos resumir diciendo como escribe José María Martínez en su comentario al libro de los salmos, de la colección La Biblia y su mensaje, publicado por la Unión Bíblica, en el cual dice:
“Una de las pruebas más difíciles a que la fe suele ser sometida, es la discrepancia entre la promesa divina y la experiencia humana.
Éste es el tema del salmo, basado en el contraste entre lo prometido a David, y la situación dramática en que se encontraba el pueblo escogido, probablemente en alguno de los momentos históricos en que la nación había sido humillada por sus enemigos”.
Teniendo esto en mente, vamos a leer y comentar, los cuatro últimos versículos del salmo ochenta y nueve, que dicen así:
“Señor, ¿dónde están tus antiguas misericordias, Que juraste a David por tu verdad? Señor, acuérdate del oprobio de tus siervos; Oprobio de muchos pueblos, que llevo en mi seno. Porque tus enemigos, oh Jehová, han deshonrado, Porque tus enemigos han deshonrado los pasos de tu ungido. Bendito sea Jehová para siempre. Amén, y Amén”.
Después de leer los cuatro últimos versículos del salmo ochenta y nueve, en los cuales el salmista pide clemencia a Dios, porque se trata de su pueblo escogido, y termina con una frase de confianza en Dios, vamos a ver cada frase en detalle.
Apenas a terminado su queja, el salmista se dirige a Dios invocando sus promesas y apoyándose en ellas, pues le dice:
“Señor, ¿dónde están tus antiguas misericordias, Que juraste a David por tu verdad?”.
Dicho en otras palabras, ¿Qué pasa con lo que habías prometido? Porque lo has jurado y tú cumples siempre. Pero el argumento de la petición se acentúa presentando delante de Dios el hecho de que los derrotados, los que han sido humillados, los que sufren, son los que le sirven, lo dice con estas palabras:
“Señor, acuérdate del oprobio de tus siervos”. Y añade que no ha sido solamente un enemigo sino muchos que se han cebado en ellos, en el pueblo de Dios, viéndolos vulnerables, pues le dice:
“Oprobio de muchos pueblos, que llevo en mi seno”, o sea agresiones que hemos sufrido los tuyos. Y aun añade en dos frases un argumento más fuerte, diciendo:
“Porque tus enemigos, oh Jehová, han deshonrado, Porque tus enemigos han deshonrado los pasos de tu ungido”.
Fijémonos que no dice nuestros enemigos, sino tus enemigos, afirmando que los enemigos que abusaban de ellos, eran, en realidad, enemigos de Dios. Y esos enemigos habían atentado directamente contra lo de Dios, contra su ungido.
Finalmente, el salmo termina, sin transición, con un canto de confianza total, que sorprende, diciendo:
“Bendito sea Jehová para siempre. Amén, y Amén”.
Estamos seguros que los que sufren persecución, por ser cristianos, meditarán este salmo con gran respeto e identificándose con toda su letra.
Porque solo el que sufre injustamente, sabe lo que duele. Y es entonces cuando vale confiar en el Señor.