Salmo 102 – Sufrimiento reconocido (551)

En este día iniciamos el recorrido del salmo ciento dos. Este salmo es bastante extenso por lo cual no podemos leerlo de una vez, porque ocuparía la lectura todo el programa, pero, con todo, leeremos cada día una parte del mismo y comentaremos dos o tres versículos.
El salmo ciento dos tiene dos partes muy definidas, en la primera el salmista expone delante de Dios su intenso sufrimiento en soledad, en la segunda afirma su esperanza.
Durante cinco días iremos leyendo cada día la primera parte y comentándola poco a poco, así que, comenzamos hoy leyendo esa primera parte, de los versículos uno al once que dice así:
“Yahweh, escucha mi oración, Y llegue a ti mi clamor. No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; Inclina a mí tu oído; Apresúrate a responderme el día que te invocare. Porque mis días se han consumido como humo, Y mis huesos cual tizón están quemados. Mi corazón está herido, y seco como la hierba, Por lo cual me olvido de comer mi pan. Por la voz de mi gemido Mis huesos se han pegado a mi carne. Soy semejante al pelícano del desierto; Soy como el búho de las soledades; Velo, y soy Como el pájaro solitario sobre el tejado. Cada día me afrentan mis enemigos; Los que contra mí se enfurecen, se han conjurado contra mí. Por lo cual yo como ceniza a manera de pan, Y mi bebida mezclo con lágrimas, A causa de tu enojo y de tu ira; Pues me alzaste, y me has arrojado. Mis días son como sombra que se va, Y me he secado como la hierba”. Ahora, después de leer la primera parte de este salmo ciento dos, vamos a leer otra vez los versículos uno y dos, a los que dedicamos hoy nuestra Mirada, y que dicen así: “Yahweh, escucha mi oración, Y llegue a ti mi clamor. No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; Inclina a mí tu oído; Apresúrate a responderme el día que te invocare”.
Estos dos versículos, con los cuales comienza el salmo, son un reconocimiento delante de Dios, de la necesidad de socorro urgente, a causa del sufrimiento. Vamos a examinarlos despacio. La primera frase es una petición de audiencia ante Dios, pues, dice: “Yahweh, escucha mi oración”.
Esa primera frase se une a una segunda, que en realidad forma parte de la misma, pero que añade un detalle valioso.
El salmista consciente de la infinita distancia entre él y el Santo Dios, añade: “Y llegue a ti mi clamor”. Pero, en su necesidad y humildad, añade un ruego, pidiendo ser atendido, pues dice: “No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia”.
Y, de nuevo, deja claro que es muy consciente de su insignificancia e indignidad ante Dios, pues dice: “Inclina a mí tu oído”. Y la última frase de estos versículos pone el acento en la urgencia, pues dice:
“Apresúrate a responderme el día que te invocare”. Estos versículos ofrecen una preciosa lección.
Teniendo claro que no merecemos la atención del Dios único y soberano del universo, podemos acudir a Él humildemente, con nuestras necesidades para ser, no solamente escuchados, sino atendidos en nuestra necesidad. No hay otro al que recurrir.