Salmo 102 – Esperanza en el creador (564)

Estamos en el salmo ciento dos, examinando un poco cada día. Este salmo, además de medianamente extenso, tiene tanta riqueza que sería una gran pérdida no detenerse en cada parte del mismo.
Por eso comentamos dos versículos cada día, después de leer un trozo del salmo para tener delante de que trata el salmo en su conjunto.
Este salmo ciento dos es una larga oración que expone delante de Dios el sufrimiento y la esperanza de un creyente, dedicando la mayor parte a la esperanza, aunque comienza con el sufrimiento.
Vamos a leer los versículos diecinueve al veintiocho, para, después comentar los versículos veinticinco y veintiséis. Los versículos diecinueve al veintiocho, del salmo ciento dos, dicen así:
“Porque miró desde lo alto de su santuario; Yahweh miró desde los cielos a la tierra, Para oír el gemido de los presos, Para soltar a los sentenciados a muerte; Para que publique en Sion el nombre de Yahweh, Y su alabanza en Jerusalén, Cuando los pueblos y los reinos se congreguen En uno para servir a Yahweh. El debilitó mi fuerza en el camino; Acortó mis días. Dije: Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días; Por generación de generaciones son tus años. Desde el principio tú fundaste la tierra, Y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; Y todos ellos como una vestidura se envejecerán; Como un vestido los mudarás, y serán mudados; Pero tú eres el mismo, Y tus años no se acabarán. Los hijos de tus siervos habitarán seguros, Y su descendencia será establecida delante de ti”.
Ya sabes que cuando el salmo es extenso no lo leemos completo, pero sí una parte con el fin de tener presente el contexto de los dos versículos que comentaremos, para no separar su contenido del resto del salmo.
Así que, vamos a leer de nuevo los dos versículos sobre los que pondremos hoy nuestra Mirada y después los comentamos. Los versículos veinticinco y veintiséis del salmo ciento dos, dicen así:
“Desde el principio tú fundaste la tierra, Y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; Y todos ellos como una vestidura se envejecerán; Como un vestido los mudarás, y serán mudados”. Ahora el salmista recuerda que su esperanza se apoya en el Eterno Creador que trasciende a las cosas que vemos. Comienza diciendo. “Desde el principio tú fundaste la tierra”.
Desde su lugar de observación el salmista ve primero lo que le rodea y lo admira como obra de Dios. Seguidamente, levanta sus ojos y mira al universo, para decir: “Y los cielos son obra de tus manos”.
Es decir, todo lo que ven nuestros ojos, es obra de Dios, no olvidemos esto. Pero en la creación de Dios hay una parte temporal, y es este universo manchado por el pecado, por eso añade: “Ellos perecerán, mas tú permanecerás”.
El universo que vemos tiene fecha de caducidad, lo recuerda diciendo: “Y todos ellos como una vestidura se envejecerán”. Pero Dios tiene preparada una nueva creación, limpia de los efectos del pecado, por eso dice:
“Como un vestido los mudarás, y serán mudados”. Esperamos el día de esa nueva y gloriosa nueva creación.
Salmo 102 – Esperanza para sanar (563)

Nuestras meditaciones diarias en los salmos nos han traído hasta el salmo ciento dos.
Este salmo es bastante extenso, pues tiene veintiocho versículos, así que, para que cada día podamos, a la vez, examinar un par de versículos y tener presente el conjunto del salmo.
Hemos dividido el salmo en tres partes, con el fin de leer durante cinco días cada una de las partes para tener delante el contexto de los versículos que comentamos.
El salmo ciento dos es una oración que tiene dos temas: el sufrimiento de un creyente y la esperanza de un creyente.
El salmo dedica los once primeros versículos a exponer el sufrimiento y los restantes hasta el veintiocho a describir su esperanza.
Vamos a leer los versículos diecinueve al veintiocho, del salmo ciento dos, que dicen así:
“Porque miró desde lo alto de su santuario; Yahweh miró desde los cielos a la tierra, Para oír el gemido de los presos, Para soltar a los sentenciados a muerte; Para que publique en Sion el nombre de Yahweh, Y su alabanza en Jerusalén, Cuando los pueblos y los reinos se congreguen En uno para servir a Yahweh. El debilitó mi fuerza en el camino; Acortó mis días. Dije: Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días; Por generación de generaciones son tus años. Desde el principio tú fundaste la tierra, Y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; Y todos ellos como una vestidura se envejecerán; Como un vestido los mudarás, y serán mudados; Pero tú eres el mismo, Y tus años no se acabarán. Los hijos de tus siervos habitarán seguros, Y su descendencia será establecida delante de ti”.
Sin olvidar estos diez últimos versículos del salmo ciento dos, que son el contexto inmediato de los que serán objeto de nuestra Mirada, vamos a leer de nuevo los dos versículos que comentaremos hoy.
Los versículos veintitrés y veinticuatro, del salmo ciento dos, en un completo cambio de tema, dicen así: “El debilitó mi fuerza en el camino; Acortó mis días. Dije: Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días; Por generación de generaciones son tus años”.
El salmista, desde las alturas de la alabanza universal a Dios, vuelve ahora a su situación personal, que aparecía en los primeros versículos del salmo, y presenta su situación de necesidad delante de Dios, quien tiene el poder sobre su vida, y le dice: “El debilitó mi fuerza en el camino; Acortó mis días”.
Parece que se trata de alguien cuya edad no es aun la vejez y que ve como su vida se va en enfermedad que reconoce viene de Dios, y por eso, ruega: “Dije: Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días”.
Esta oración nos recuerda que nuestra vida está siempre en las manos de Dios y que de Él viene la sanidad, aunque utilice herramientas como la ciencia médica, u otras. Es interesante que, seguidamente, el salmista mira a la eternidad de Dios, en contraste con su vida que se va tan pronto, diciendo: “Por generación de generaciones son tus años”.
Y es que la eternidad de Dios, junto con su fidelidad, son los mayores apoyos de nuestra fe, porque sus promesas de salvación eterna tienen garantía.